jueves, 3 de junio de 2010

Segunda batalla de la Morcuera (8 y 9 de agosto de 864). Victoria de Abd al-Malik ibn Al-Abbas sobre el conde Rodrigo de Castilla.

Tras su victoria en la primera batalla de la Morcuera de dos años antes y despues de reponer las bajas habidas y de descansar a sus tropas, el emir organizó un nuevo y muy numeroso ejército que puso otra vez al mando de su hijo Abd al-Rahman y del general Abd al-Malik ibn Al-Abbas. Todas las provincias y ciudades de Al-Andalus enviaron soldados. Además de Córdoba, y otras ciudades cuya aportación se ignora, sabemos de las siguientes:

Sidonia: aportó cerca de 6.800 caballeros

Elvira: 2.900

Málaga: 2.600

Jaén: 2.200

Cabra: 1.800

Écija: 1.200

Priego, Algeciras, Tacorona, Carmona, Fahs al-Balud, Morón, Todmir, Rovdina, Calatrava y Otero aportaron entre todas ellas unos 20.000 caballos.
En esta ocasión el objetivo era la fortaleza de Amaya, repoblada cinco años antes (860) por el conde Rodrigo de Castilla. Abd al-Malik ibn Al-Abbas guió el ejército hasta Toledo. Allí tomó la vía romana que conducía a Zaragoza hasta Sigüenza o Medinacelli. En uno de estos dos puntos tomó la calzada romana que llevaba hasta Osma. Cruzaron el rio Duero entre Inés y Olmillos (si venían de Sigüenza) o en Vadorey (si venían de Medinaceli). Una vez en Osma siguieron la calzada romana hasta Clunia, donde torcieron al oeste por la calzada romana de Cantabria que conducía directo hasta Amaya, pasando el Arlanza por Tordomar, el Arlanzón por Pampliega, entrando en la gran llanura del Pisuerga por el boquete de Castrojeriz, atravesando el Odra por el puente de Matajudíos y el Pisuerga por Melgar.
Una vez allí, avanzaron hacia el noroeste rápidamente durante tres días hacia Amaya para sorprenderla. Amaya emerge imponente en la llanura amarillenta desde muchos kilómetros de distancia. Sus proporciones se agigantan conforme uno se acerca. Es una peña de unos 300 metros de altitud, 1000 metros de larga y unos 500 metros de anchura. El rio Odra y otros arroyos le sirven de foso. Su cumbre, plana, es suficiente para mantener un buen ejército. En un extremo se erguía un castillo. Ante su visión el general Abd al-Malik ibn Al-Abbas decidió no atacarla y entrar en tierras del norte de Castilla. Eligió como punto de entrada la Hoz del "Paradiso", defendida por cuatro fuertes, que permitía el acceso a los valles de Ordejón y de Humada y tomar la calzada romana en dirección a Mena. Tras atacar y arrasar los fuertes, el ejército musulmán cruzó los dos de kilómetros y medio que mide la hoz, y entró en los verde valles norteños.
El ejército musulmán comenzó sus acostumbradas razzias, arrasando las tierras de cuatro condes: Rodrigo, de Castilla; Diego, de Oca; Gonzalo, de Burgos; y Gómez, de Mijancos. Abd al-Malik finalizó la campaña atacando el castillo de Salinas de Añana, en las tierras del conde Rodrigo de Castilla, situado a mitad del curso de los ríos Omecillo y Bayas en su camino al Ebro, dominando el acceso a las tierras vizcaínas. Una vez desmantelado el castillo y arrasados sus muros, Adba al-Malik se inició la retirada por la calzada romana de Astorga a Burdeos, que tomaron bajando por uno de los dos rios citados. Llegaron al valle de Miranda, cerrada planicie entre montañas que cruza el rio Ebro desde Sobrón hasta las Conchas de Haro. Para dirigirse hacia Córdoba el jefe musulmán tenía cuatro posibilidades:

En el extremo este, podía adentrase en la Rioja cruzando el Ebro por el estrecho paso de las Conchas de Haro, situado entre los cerros de Buradón y Bilibio.

En el extremo oeste, podía dirigirse hacia la Bureba y Burgos a través del desfiladero de Pancorvo, que podía cerrar un puñado de hombres valientes y decididos.

Por el centro, podía cruzar el Puerto de la Morcuera en dirección a Sajazarra; pero el paso es muy alto y atravesarlo exigía un considerable esfuerzo militar.
También por el centro, podía atravesar la ancha y llana garganta de la Hoz de la Morcuera en dirección a Foncea y Cellorigo por un camino de suave pendiente y entre montañas.

Cualquiera de las dos últimas rutas le adentraban en la Rioja, donde podía tomar la Vía Aureliana hasta Logroño. Una vez allí podía bajar hasta Zaragoza por las tierras de los Banu Casi, o esquivarlas dirigiendose hacia el Duero por las calzadas romanas que acababan en Numancia. Abd al-Malik ibn Al-Abbas eligió salir del valle de Miranda por la Hoz de la Morcuera. Este era el camino habitual de los ejércitos musulmanes y por él discurría una vieja calzada romana.
La Hoz de la Morcuera tiene una longitud de dos millas romanas, de entrada dificil, una vez superada ésta la hoz discurría entre cerros redondeados que dejan espacio a un valle que en algunos sitios alcanza la anchura de unas quinientas varas, y con un par de curvas que sirven para preparar emboscadas en ellas. Al final de la hoz se alza un cerro que alarga su borde hacia el oeste y avanza a modo de talud hasta alcanzar el cerro de enfrente. Fue en este lugar donde el conde Rodrigo de Castilla decidió desplegar a sus hombres para cortar la retirada a los musulmanes.
Mientras Abd al-Malik razziaba sus tierras, el conde Rodrigo preparó y fortificó con trincheras la defensa de la hoz, llamada Al-Mukwiz por los musulmanes. Si éstos elegían otro paso para salir del valle de Miranda, podía atravesar la hoz y atacarles por la retaguardia en menos de una hora mientras efectuaban el cruze por el paso elegido. Los musulmanes dividieron sus fuerzas. Abd al-Rahman, el hijo del emir, instaló un campamento junto al rio Ebro, que discurre una millas al norte de la hoz. Abd al-Malik desplegó sus tropas en orden de batalla frente a las de Rodrigo.
El miércoles 8 de agosto de 865 comenzó la batalla. Los musulmanes atacaron de frente a los cristianos. Estos aguantaron la acometida en las trincheras y se entabló una lucha encarnizada. Durante horas nadie cedió terreno, pero al cabo los cristianos se vieron obligados a retroceder empujados por la superioridad numérica del enemigo y se acogieron a la segunda línea de defensa: el cerro del extremo final de la hoz. Con el foso y la trinchera en poder del enemigo, los cristianos combatieron en la colina. El combate seguía siendo duro, y al llegar la noche aún no se había decidido. Los musulmanes pararon sus ataques y establecieron su campamento frente a los castellanos y alaveses.
A la mañana siguiente los musulmanes reanudaron el combate. Pero los cristianos pronto cedieron ante el empuje de las tropas de Abd al-Malik. Volvieron la espalda al enemigo, se desorganizaron y huyeron en desbandada perseguidos implacablemente por los musulmanes. Estos hicieron una espantosa carnicería entre sus enemigos, y apresaron gran número de combatientes que llevaron cautivos a Córdoba. De los que huyeron, muchos murieron ahogados en el Ebro al tratar de cruzarlo por la zona de Haro. La matanza acabó hacia el mediodía y Adb al-Malik pudo regresar victorioso a Córdoba con las cabezas de sus enemigos clavadas en la punta de sus lanzas.
Las bajas del conde Rodrigo, que actuaba como segundo del rey Ordoño I, fueron considerables. Las crónicas árabes hablan de unos 20.000 infieles muertos. En cualquier caso, la derrota sufrida fue lo suficientemente grave como para retrasar algunos decenios la repoblación cristiana de aquellas tierras e impidió el avance de Ordoño y Ramiro hacia la Rioja.
Claudio Sánchez Albornoz. Orígenes de la nación española. SARPE. Madrid, 1985, páginas 247-252.

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