jueves, 18 de noviembre de 2010

El Caballero del Sol - Capítulo VII

De la batalla que pasó entre el Caballero del Sol y el gigante Brutano, usurpador del castillo y Roca de Tres Cabeças

Otro día, que los collados de la Cretense ínsula con los rayos de los esparcidos cabellos del hijo de Latona resplandecían, en lo alto de la roca, fue dada una señal de bocina a la cual, levantando sus ojos el Caballero del Sol, pudo ver un hermoso y muy fuerte castillo bien murado, almenado y torreado, el cual estaba encasado en un pequeño espacio que entre tres puntos, o collados de la roca, se hacía, y, como las cabeças de la roca estuviesen una a medio día y otra a poniente y otra a septentrión, y hacia oriente estuviese desembaraçado, el hermoso castillo, herido de los nuevos rayos del sol, daba de sí tan hermoso parecer que a la vista otro más hermoso en el mundo no parecía haber.
Pues como el Caballero del Sol, por la seña que había oído, pensase que de ahí no le convenía partir sin batalla, o sin saber cuyo era aquel castillo, armándose de sus fuertes y ricas armas, sobre su caballo, a la falda de la peña se acerca, donde halló una gruesa columna de piedra, alta de un estado. Sobre ella estaba un grande escudo de piedra tan blanca que transparente parecía, en el cual estaba entretallado un gigante anciano armado, salvo de manos y cara, como que del caballo caído hubiese, un troço de lança por los pechos, tan al natural que el espíritu parecía en aquella hora rendir, con una letra en torno que decía: No te llegues, caballero, a mirar esta figura, que será tu sepultura.
No tardó mucho que, en tanto que el Caballero del Sol estas cosas notaba, del alto castillo un fiero y desemejado gigante abaja, armado de unas fuertes y ricas armas a cuarteles con fino oro partidas, sobre un grande y fiero caballo. Pues como al llano de la columna hubo llegado, con alta y soberbia voz, al Caballero del Sol en esta manera dice:

-Di, desdichado caballero, ¿cuál desventura te trajo aquí [donde] tu mísera vida en mis manos cuitadamente acabase? Vente luego a mi castillo. Ternás compañía al que injusto señor de él era, el cual muy solo está en la prisión. Pero yo le daré presto asaz de compañeros y tú serás el primero, si de grado lo quieres hacer, porque de otra manera no pagarás menos de que con muy cruel muerte.

-Di, soberbia bestia, bruto animal en los hechos, dijo el Caballero del Sol, ¿cómo pudiste cometer tan gran maldad y traición que no te bastase privarlo de su propio castillo sino meterle en tu cruel prisión? ¿No te bastaba hacer una crueldad, sino dos? Yo te juro, por la orden de caballería, que yo muera en tus crueles manos o yo vengaré ese caballero, el cual yo no conozco, ni jamás oí decir, aunque bien creo que debe ser muy mejor que tú.

-¡Oh hombre de poco valor!, dijo el bruto jayán, en mi presencia osaste ultrajarme de tal manera, Aguárdame, que yo te mostraré cómo se tratan los caballeros como yo.

A esa hora, sin mas aguardar, se apartaron el uno del otro cuanto convenía y, las lanças bajas, al más correr de los caballos, se vinieron a encontrar en medio del llano de la columna. Pero como el Caballero del Sol conoció que la fuerça del desemejado jayán era muy aventajada y su lança muy gruesa, quiso más usar y aprovecharse de la destreza que no tentar la enemiga fortuna, y, en aquel punto que se vinieron a juntar, el Caballero del Sol hurtó el cuerpo y volvió el escudo hacia la mano izquierda y así la lança del bestial jayán pasó en soslayo del escudo. En aquella hora el Caballero del Sol encontró al fiero gigante por la visera, que algún tanto era grande de tal manera que aunque el hierro de la lança no le faltase, por su gran fortaleza, pero, como la lança se rajó, una astilla delgada acertó por la visera y le hirió sobre los ojos, de tal manera que la mucha sangre que perdía, la vista le cegaba y su muy feroz caballo, como el gigante perdiese la rienda, espantado con el juntar y ruido de los golpes, corrió con él por el campo hasta que el gigante tornó más en su acuerdo. Pero el Caballero del Sol siempre iba en su alcance, pensando poderle acabar de derribar. Al tiempo que paró el caballo del bestial gigante, el Caballero del Sol llegó y lo hirió de dos muy pesados golpes sobre el acerado yelmo, pero ni el yelmo ni el caballero hicieron por eso algún sentimiento, pues como el gigante, después que fue vuelto en su entero acuerdo, se vio ciego y la lança perdida y que el Caballero del Sol le hería tan de coraçón, començó a bramar y, meneando su braço con gran furia, echó mano a la descompasada porra de acero que al arçón de la silla traía y fuese hacia donde sintió que los pasos del caballo del Caballero del Sol sonaban, el cual, esperándole en el campo, con viril coraçón, así dijo: -Mira, bestia fiera, como Dios amansa los soberbios como tú.
Al tino de estas palabras, llegó donde el Caballero del Sol estaba atendiendo y, como tan cerca se vio que con su descompasada porra le podía alcançar, arrojó un fuerte golpe, pero como la vista, con la sangre turbada casi ciego estuviese, por herir al Caballero del Sol, dio a su caballo tan grande golpe sobre la testera que, partiéndole la cabeça, vino a tierra con su señor. Fue la caída tan grande que el ciego gigante dio, que tal como muerto quedó tendido sobre las verdes hierbas juntamente con su caballo. Pues como el Caballero del Sol en tal punto le viese, con grande ligereza saltó de la silla en el campo y, yendo sobre él, quitóle el yelmo y vio como perdía mucha sangre por aquel lugar que la raja de la lança estaba metida, la cual luego fue por el Caballero del Sol sacada, por ver si tornaría en su acuerdo, pero, no fue bien acabada de sacar, cuando, con un grande estremecido, la ánima cruel se apartó de aquellas salvajinas carnes.
A esa hora, dentro en el castillo se había començado una muy reñida batalla, tanto que abajo en lo llano se oían los golpes de espada y el ruido y meneo de las armas. Y como el Caballero del Sol no pudiese alcançar qué cosa fuese, no se osaba determinar a subir, pensando que hubiese alguna traición arriba en el castillo. Estando en esta duda, vínole a la memoria lo que era obligado a hacer por librar al caballero preso y no mirando algún peligro de los que venir le pudiesen, acordó de tomar la senda y subir a saber qué contienda era y a poner su persona en deliberación del señor natural del castillo, si quien se lo defendiese hallase, y así como hubo mirado la columna y el cristalino escudo, leyó las letras que en él estaban escritas. Y así, a pie como estaba, començó de subir hasta lo más alto de la peña, no con poco trabajo de los fatigados miembros por el peso de las armas. Pero como en el patio del castillo entrase, donde era la vuelta de la ferida y muy trabada contienda, vio cuatro caballeros estar malheridos, tendidos por tierra, y doce caballeros en una desigual batalla, ocho contra cuatro, los cuales, acogidos y retraídos, estaban a un callejón que al canto del patio se hacía, porque los ocho, como fuesen dos para uno, ya los traían muy acosados. Pero como el Caballero del Sol de los cuatro fue visto, cobrándole mucho ánimo y nuevo esfuerço, començaron a salir de aquel lugar en que retraídos estaban, diciendo: -A ellos, buen caballero, que tus enemigos son, servidores del muy soberbio y alevoso gigante que tú mataste. Socórrenos, por cortesía, contra estos traidores que a nuestro señor tienen en áspera prisión.
Movido a piedad con estas palabras, el Caballero del Sol arremetió furiosamente contra los caballeros del jayán, defensores de la maldad y traición, y en poco rato, con el favor de los cuatro caballeros, los venció y desbarató, y, quitándoles las armas, los enviaron malheridos de la batalla pasada.

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