jueves, 9 de diciembre de 2010

La princesa vikinga de Castilla

En otoño de 1257 una gran nave vikinga se hizo a la mar desde el puerto de Bergen en dirección al sur. A bordo viajaban altos dignatarios del reino noruego, encabezados por el obispo Pedro de mar, nobles, damas y un centenar de caballeros, encargados de vigilar y cuidar un valioso cargamento: oro, plata, pieles y otros bienes que constituían el ajuar y la dote de la más encumbrada pasajera de la nave, la princesa Cristina, hija del Rey Haakon Haakoson El Viejo.
Tras varios días de navegación, la nave, impulsada por el viento y el esfuerzo de los remeros, llegó hasta el puerto inglés de Yarmouth. Desde allí, atravesó el Canal de La Mancha hasta recalar en Le Havre. Don Fernando y el noble noruego Thorleif El Enojado se dirigieron a París por el Sena para entrevistarse con el monarca francés, mientras la tropa se ocupaba de adquirir caballos para reforzar la ganadería que habían traído a bordo. Les esperaba un largo camino por tierra.
Siguiendo las indicaciones del rey galo, el cortejo evitó la ruta de Gascuña y cruzó Francia hasta Narbona para pasar los Pirineos por el este y entrar en los dominios de Jaime I de Aragón. Pese a lo duro del camino, “la joven doncella resistió bien el viaje, y tanto mejor cuanto más lejos iban”, según narró Sturla Thordarson, el autor de la saga islandesa del rey Haakon (Hákonar saga Hákonarsonar), del grupo de las sagas de reyes, escrita apenas siete años después del largo viaje y, por tanto, fuente historiográfica más fiable.
Cristina, entonces de 24 años, era una rubia alta, de largas trenzas y ojos azules, que iba a desposarse con un hermano del rey de Castilla, Alfonso X, más tarde llamado El Sabio. Se trataba de un hecho totalmente inusual.
Hasta no hacia mucho tiempo los noruegos sólo aparecían en las costas septentrionales de la península ibérica en operaciones de saqueo que asolaban las poblaciones del litoral cantábrico, principalmente las gallegas. Tenían una bien ganada mala fama entre sus pobladores.
La presencia de los antiguos salteadores en esta pacífica y exótica comitiva, son sus coloridos y suntuosos despliegues, despertaba la curiosidad y la excitación de los catalanes.
“En cuanto el conde de esta ciudad (Gerona) oyó que llegaba la princesa Cristina, salió a caballo hasta dos millas fuera de la ciudad, junto con el obispo y 300 hombres”. Cuando los viajeros llegaron a Gerona, el conde asió una brida del caballo de la princesa, el obispo la otra y de este modo la condujeron hasta el centro de la ciudad, donde estaba su alojamiento. “Así con tantos honores fue recibida en todo los lugares adonde iba”, señala el cronista.
En el camino, a tres millas de su destino, le salió al encuentro Jaime I, suegro del rey castellano, con tres obispos y un enorme séquito y la saludó con los mayores honores.
“En todas las ciudades por donde pasaban salían al encuentro de la princesa y su séquito los caballeros y barones, tal como había ordenado el rey de Aragón”, cuenta la saga islandesa.
El 22 de diciembre, ya en Castilla, llegaron a Soria, donde las recepciones no fueron menos fastuosas que en el Reino de Aragón. Luis, hermano del rey castellano, y el obispo de Astorga salieron a darles la bienvenida. Celebraron la Nochebuena en Burgos, en el Monasterio de Las Huelgas, donde se encontraba Berenguela, hermana del rey castellano y futuro marido de Cristina.
Allí oyeron misa y la infanta Berenguela le regaló un cáliz, siete sillas de montar a mujeriegas, lujosamente decoradas y un dosel para el viaje a Palencia, como el que usaba ella.
El mismo día que Cristina y su séquito salían en dirección a Palencia, el rey se ponía en marcha desde esa misma ciudad para ir al encuentro “con un magnífico ejército”. Cuando se encontraron a medio camino, “la saludó como a su propia hija –dice la saga- y él mismo llevó la brida del caballo de la princesa, conduciéndola hasta la ciudad”.
Tras varios días de descanso, el Rey Sabio cabalgó con Cristina hasta Valladolid, donde “se les dio un espléndido hospedaje y la colmó de tantos honores que nadie ha ido allí, hombre o mujer, que haya sido tratado tan magníficamente”, describe el cronista. La operación planeada por el monarca castellano se encontraba en su punto álgido.
Alfonso aspiraba a ceñirse la corona de emperador germánico porque era nieto de Federico II, fallecido en 1250. Uno de los monarcas influyentes en Europa era el noruego Haakon Haakonson, con quien le convenía al castellano reforzar una alianza que ya existía, pues Haakon recibía pensiones de Alfonso a cambio de su lealtad.
Para llevar a cabo su plan de emparentar con el nórdico, Alfonso utilizó las conexiones de Sira Ferrant, uno de sus consejeros que había estudiado en La Sorbona de París con Pedro de mar, consejero real noruego, quien luego encabezaría el cortejo que llevó a la princesa Cristina a Castilla.
En 1256, el rey Alfonso X despachó una comisión regia liderada por don Fernando o Ferrando, que citan las crónicas, a fin de proponer a Haakon el matrimonio de su hija con uno de sus hermanos, el que ella escogiera.
El monarca noruego estaba de acuerdo con su par castellano en su deseo de abrir su país a Europa, de modo que aceptó encantado el ofrecimiento de emparentarse con una de las monarquías más prestigiosas del continente.
Haakon IV era hijo ilegítimo del rey Haakon Sverrison. Desde los 13 años, en 1217, y a lo largo de casi medio siglo, reinó uno de los monarcas más progresistas de Noruega. Fue, sobre todo, el fundador de una dinastía de cuatro soberanos, cuyos reinados se extendieron por todo el Siglo XIII y comienzos del siguiente y que propiciaron el surgimiento de un siglo de oro de las letras noruegas; en esa centuria se “importó” el espíritu cortés que había nacido siglos antes en Francia, y la literatura consiguiente. Se tradujeron muchas obras del latín y del francés y, en general, se produjo una ola de refinamiento en el reino nórdico. Todo esto contribuyó a que este pueblo escandinavo comenzara a abrirse culturalmente hacia el exterior.
En la capital vallisoletana estaban los cuatro hermanos del rey entre los cuales Cristina tenía que elegir a su consorte. Alfonso hizo las presentaciones, “pasando revista ante la princesa de todos sus hermanos, hablándole del carácter de cada uno de ellos”.
Federico, el mayor, valiente e intrépido, buen caballero, buen juez y excelente deportista, pero con un labio leporino, a consecuencia de una herida en combate.
Fadrique, el mejor jinete, quedaba fuera de la elección porque se había sublevado contra el rey.
Don Sancho, arzobispo de Toledo, dijo el rey que era “hombre bueno y digno”.
Y de Felipe, que había sido “elegido para arzobispo de Sevilla, pero que su naturaleza no era para ser clérigo”. Lo suyo era la caza con halcones y con perros. “También dijo que era el mejor para luchar contra osos y jabalíes, estaba siempre de buen humor, era muy cortés y excelente en sobriedad”. Dijo también que era el más fuerte de todos los hermanos y un noble caballero, además de sus cualidades físicas, Felipe había estudiado en La Sorbona parisina en 1244.
Por la intervención del rey Alfonso, no caben dudas de que Felipe era el escogido por el monarca castellano para desposar a la princesa vikinga, la elección estaba cantada. A los noruegos “le pareció que este hermano era el más le gustaba al rey (Alfonso) y también fue así para ellos y para la princesa”.
Es probable que a la noble nórdica, Felipe le recordara a su hermano Haakon el Joven, también gran jinete y cazador, que había muerto hacía pocos meses, cuando era apenas un adolescente, de una misteriosa dolencia. La embajada castellana, que estaba en Noruega entonces, mandó a su médico a visitar al joven príncipe. La crónica dice que el médico castellano le dio al heredero un medicamento, que lejos de aliviarlo, empeoró su estado y murió a los pocos días, no se sabe si a consecuencia del remedio, o a pesar de este.
El miércoles de Ceniza se prometieron Felipe y Cristina. La princesa le pidió a su futuro consorte que mandara cosntruir una iglesia en honor del santo rey Olav, patrón de su país, a lo que el infante Felipe accedió. El 31 de marzo de 1258 se celebraron los esponsales y la pareja pasó a residir en Sevilla.
Poco más se sabe de la vida de la princesa noruega en la capital hispalense. Vivió recluida en el suntuoso palacio de Biorraguel, en la Collación de San Lorenzo, propiedad del cuñado de la princesa nórdica, don Fadrique, en el que ya había vivido el flamante esposo. Poca o ninguna vida social se le conoce a doña Cristina, porque los castellanos habían adoptado la costumbre misógina de sus adversarios árabes de encerrar a sus mujeres, que sólo salían para ir a la iglesia o a alguna fiesta de la Corte. En cambio, los hombres, viajaban con frecuencia en operaciones de guerra o de caza, por lo que la compañía de su marido debió ser escasa.
Al parecer, la princesa, visitaba con frecuencia la iglesia de San Lorenzo, una antigua mezquita en la que don Felipe había mandado entronizar una gran imagen de la Virgen de Rocamadour, traída por él mismo de París.
Cuatro años después de haber llegado a Sevilla, Cristina, con solamente 28 años, murió sin dejar descendencia. Su cuerpo fue transladado al pueblo burgalés de Covarrubias, de donde era abad don Felipe. En su colegiata depositaron los restos en un sarcófago de piedra.
Una estatua, obra de Britt Sorensen, emplazada frente al templo muchos siglos más tarde, en 1978, recuerda a la exótica e infortunada infanta castellana. Según la leyenda romántica, Cristina murió de tristeza, de morriña de su tierra y del insoportable calor sevillano, al que la nórdica no estaba habituada, pero en su ataúd, abierto en 1958 para comprobar la identidad del cadáver, se encontró junto a su cabeza un pergamino con versos y tres recetas para el mal de oidos. Es probable que muriera por una infección auditiva que suele provocar insoportables dolores.
Felipe nunca cumplió su promesa de edificar una iglesia en honor del santo rey noruego. Poco después, el infante contrajo matrimonio con Leonor Ruiz de Castro y Pimentel, de la familia de los Lara, con quien si tuvo descendencia y su primera esposa pasó al olvido.
La Crónica de Alfonso X narró una versión legendaria muy distinta de la registrada en la saga islandesa. Según esta, el rey Alfonso, harto de esperar sin éxito que su mujer, Violante de Aragón, hija de Jaime I, le diera herederos, planeó repudiarla y casarse con una princesa noruega. Para ello, envió allí una embajada y el rey Haakon aceptó, encantado de dar por esposa al rey castellano y aspirante a la corona del emperador, a su hija Cristina. Pero cuando la princesa nórdica llegó a Castilla, Violante había dado a luz a Berenguela, la primogénita del matrimonio real, por lo que Alfonso tuvo que apañar la situación ordenando a uno de sus hermanos que contrajera matrimonio con la noruega.
Esta versión es imaginaria, ya que en 1258, fecha de la llegada de la princesa nórdica a España, doña Violante ya tenía tres hijos, dos mujeres; Berenguela y Beatriz, y el primogénito heredero de la Corona, Fernando de la Cerda.
Más de siete siglos más tarde, la Fundación que lleva el nombre de la infanta, constituida en 1992, se propuso erigir una capilla en honor al santo noruego, y en el año 2002 se presentó el proyecto. San Olav, “rey perenne”, santo patrono de Noruega y antiguo predador vikingo de las costas asturianas, tuvo precisamente en España, durante una de sus correrias, la “aparición” en la que una voz le dijo que volviera a su tierra para ser “rey perpetuo de Noruega”. Ciñió la corona entre 1015 y 1028. Un milenio después, Olav Haraldsson, tiene una capilla en el centro de Castilla.
Fundación Princesa Kristina de Noruega
"El viaje de la Princesa Cristina a Valladolid, según la saga islandesa del rey Haakon" V. Almazán

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