lunes, 18 de abril de 2011

Presencia vikinga en el Reino de León

Una silueta baja y alargada surca velozmente las aguas cercanas a la costa norte del Reino de León. Posee una sola vela rectangular en el centro, distinguiéndose pequeñas troneras laterales para la instalación de remos, que se utilizan para navegar por los ríos o para aumentar su velocidad antes de entrar en combate. Es ligero, rápido, con un reducido calado que le permite maniobrar fácilmente en aguas poco profundas y ser transportado por tierra.
La afilada quilla facilita una suave navegación y una espléndida ceñida al viento. En su interior, alrededor de 200 hombres preparados esencialmente para la guerra, han recorrido cientos de kilómetros hacinados en un espacio reducido (30 m. de eslora por 6 de manga, aproximadamente). Tiene una cubierta simple, con dos pequeñas bajocubiertas situadas a proa y popa y el centro totalmente abierto.
En la proa de la nave, en lo alto de la quilla como era costumbre, un mascarón maravillosamente tallado: la cabeza de un dragón. Es un drakkar, un barco de guerra vikingo dispuesto para atacar cualquier punto vulnerable de la costa del Reino, desde el cabo Peñas, al este, hasta la desembocadura del río Duero, ya en el litoral Atlántico.
Como veremos, las incursiones fueron constantes durante décadas, siendo habitual, durante los siglos IX al XI, la presencia de barcos vikingos merodeando las costas hispanas. La procedencia de las naves de lo más heterogéneo: Irlanda, Normandía, Escocia, Inglaterra, pero también Noruega, Suecia o Dinamarca. Largos viajes que obligaban a los tripulantes a protegerse de las inclemencias de la navegación con una lona encerada que arropaba prácticamente la totalidad de la cubierta, resultando tediosas las largas jornadas en alta mar. Con el buen tiempo, era habitual, a pesar del escaso espacio del que disponían, la práctica de la típica lucha personal. También se adiestraban y mostraban sus habilidades en un curioso juego, consistente en ir saltando de un remo a otro por la parte exterior del barco tratando de evitar la caída al agua. Estas toscas aficiones, contrastaban con otra más relajada y muy extendida: el Hnefatafl. Un “juego de mesa” que, conociendo las actividades y costumbres de estos hombres, su práctica resulta insólita.
Su significado es “Tablero del Rey” y, aunque resultaba muy popular, formaba parte de la educación de la nobleza que tenía por mérito ser diestro en el mismo. Se han hallado múltiples tableros y piezas; algunos de estos tableros cuentan con pequeños agujeros para sujetar las fichas, que contaban con una pequeña clavija para encajar, señal indiscutible de su empleo durante las largas travesías. Como curiosidad, comentar que el Hnefatafl se distingue del ajedrez en que los competidores, atacantes y defensores, tienen fuerzas desiguales y un objetivo distinto para ganar. La colocación de las fichas también es diferente y el número de los escaques del tablero pueden llegar hasta 11 x 11.

Los vikingos llegan a España
Los primeros avistamientos de barcos vikingos se producen a mediados del s. IX, devastando distintos puntos del litoral: desde el golfo de Vizcaya a Finisterre. Los asturianos de Ramiro I consiguieron organizarse y repeler a los guerreros nórdicos, considerados más peligrosos que los musulmanes.
En el 858, bajo el reinado de Ordoño I, llegaron nuevamente oleadas de vikingos a las costas hispanas. Esta vez desembarcaron en la zona atlántica, arrasando Iria Flavia y asediando Compostela, cuyos habitantes se vieron obligados a pagar un fuerte tributo para salvar la vida. Finalmente fueron empujados a la costa y obligados a reembarcar.
Una tercera oleada vikinga, posiblemente la de mayor importancia, tuvo lugar durante el reinado de Ramiro III (966 al 985). La fuerza vikinga avanzó a sangre y fuego hasta el interior, llegando incluso a las inmediaciones de León. Con esfuerzo, se llegó a reunir un potente ejército que, al mando del conde Gonzalo Sánchez y el obispo San Rosendo, obligó a retirarse a los vikingos hasta la costa donde se encontraba su flota. El ejército leonés logró darles alcance, derrotarles, recuperar el importante botín y quemar sus naves.
Las “visitas” esporádicas de piratas nórdicos se sucedieron. En 1028 tras la subida al trono del rey leonés Bermudo III y la grave inestabilidad política del territorio gallego, una importante fuerza vikinga penetró por la ría de Arosa comandada por un jefe danés llamado Ulf (Lobo), que saqueó y devastó los territorios costeros, para penetrar más tarde hasta el corazón del reino leonés. Cuatro años después, en el 1032, el vikingo todavía se encontraba en el interior del territorio apoyando como mercenario a un rebelde gallego, Rodrigo Romariz, que se alza en armas contra Bermudo III. El obispo de Compostela, Cresconio, le hace frente en nombre del rey, les derrota y les obliga a reembarcar en el 1038, siendo ya rey de León Fernando I.
La constante presencia vikinga en las costas influyó considerablemente en la sociedad y cultura leonesa del momento, sobre todo en esos 10 años en los que Ulf y sus tropas danesas permanecieron en territorio leonés. Esta influencia vikinga queda reflejada en una de las imágenes espléndidas del Antifonario Mozárabe de la Catedral de León, en el que un guerrero empuña una espada de pomo lobulado y ranura longitudinal o abatanador, pero también en otras existentes que se aprecian en el Beato de San Miguel de Escalada, que guardan un parecido substancial con las espadas vikingas que se conservan en distintos museos europeos.
Según cuenta el propio historiador Eduardo Morales Romero, en 1990 vino a España acompañado de dos colegas del Museo de los Barcos Vikingos de Roskilde (Dinamarca), Jan Skamby y Keld Hansen, con el fin de encontrar antecedentes o muestras del pasado vikingo en nuestro país. Tuvo noticias de la existencia de un báculo existente en el Museo de la Catedral de Santa María de León, fechado en la segunda mitad del s. IX y realizado, según se apuntaba, en hueso o diente de morsa. Dicha pieza se había hallado en el interior del sarcófago del obispo San Pelayo (s. IX) y se creía que tenía origen escandinavo.
Las investigaciones de Morales y sus colegas daneses resultaron decepcionantes para sus pretensiones. El báculo resultó estar realizado en madera y, aunque reconocen que su decoración tiene cierto aire nórdico, comprobaron que no muestra ninguna ascendencia escandinava, excluyendo por completo cualquier intervención vikinga en su elaboración.
Después de la visita al Museo catedralicio, acudieron al Museo de la Basílica de San Isidoro. Allí, como venían haciendo rutinariamente en otros centros, se interesaron por la existencia de alguna pieza de origen nórdico. La sorpresa fue enorme cuando les indicaron que, expuesto en el propio Museo de la Basílica, existía un pequeño ídolo de marfil con las características que señalaban.
Según relata textualmente Eduardo Morales, cuando contemplaron dentro de su vitrina la pieza en cuestión, quedaron hipnotizados. Sin duda alguna, se trataba de una obra de excepcional calidad artística del “periodo vikingo” que, hasta el momento, había pasado desapercibida.
El ídolo resultó ser una cajita cilíndrica excelentemente conservada, calada, con un acusado saliente en uno de sus extremos y fabricada en asta de reno, no en marfil como se creía. Mide 44 mm. de altura y 33 de diámetro y posee dos placas de metal que cierran los extremos: una fija y circular, la otra ovalada y con una bisagra que le permite abrir y cerrar, aunque las perforaciones existentes indican que en su día también estuvo fija. Las placas metálicas son también caladas y con parecida decoración al cuerpo de la caja, pero de menor calidad artística. El motivo decorativo lo forman varios animales que se entrelazan cubriendo la integridad de la superficie tubular. El borde saliente representa el animal principal, posiblemente la cabeza de un ave, que vuelve la cabeza hacia atrás en un giro de 180º. La cajita del Museo de San Isidoro de León es una pieza única y excepcional, con unas características muy especiales y sin equivalentes conocidos. Es, además, uno de los pocos objetos vikingos conservados en un museo durante siglos, ya que la mayoría de los existentes proceden de hallazgos o excavaciones arqueológicas contemporáneas. En definitiva, una obra maestra del arte vikingo de la segunda mitad del s. X, y la única muestra representativa del arte nórdico que se encuentra en España.
D. Antonio Viñayo, abad emérito de San Isidoro, cuenta que, tras el examen del pequeño estuche por parte de Morales, Hansen y Skamby, entre los dos expertos daneses se barajó la idea de que podría tratarse de una de las fichas de Hnefatafl. Esta afirmación no parece una solución descabellada. Se han descubierto piezas de juego vikingas realizadas en diversos materiales: cristal, ámbar, hueso o cornamenta, y la cajita de San Isidoro tiene el tamaño perfecto para encajar en los escaques de un tablero. Hay que tener en cuenta también que, en un principio, la pieza en cuestión estaba herméticamente cerrada, siendo posterior su utilización como recipiente para guardar o conservar algún pequeño objeto, una vez desmontada la tapa y añadida la bisagra.
¿Cómo llegó esta sorprendente muestra del arte vikingo a la Basílica de San Isidoro de León? Realmente no se conoce. A pesar de que la cajita no se encuentra en la lista de la donación que realizaron a la Colegiata los reyes Fernando I y Doña Sancha, Antonio Viñayo supone que formaría igualmente parte del lote de las joyas entregadas por el matrimonio regio, llegándose solo a reseñar en el inventario las más importantes y valiosas.
No se debe descartar que la cajita llegase a la Colegiata como receptáculo de una pequeña reliquia procedente de cualquier punto geográfico con importantes asentamientos vikingos: Inglaterra, Irlanda, Noruega, etc. Sin embargo, creemos que la ausencia de cualquier simbolismo cristiano en su factura y la posterior inclusión de la bisagra, implica que tuvo una utilidad anterior distinta. Morales se inclina por dos opciones: la posibilidad de contener una sustancia olorosa o ser portadora de un amuleto, posiblemente el apreciado ámbar.
Estas dos propuestas, más la referida que anotaron los dos expertos daneses, relacionándola con su posible utilización como una bella pieza del Hnefatafl, son las opciones más fiables sobre su origen. Sea como fuere, su llegada a la corte leonesa es, seguramente, consecuencia de un botín arrebatado a las tropas nórdicas en alguna de las múltiples refriegas ocurridas durante el s. XI, momento en el que la costa hispana era objetivo permanente de los ataques y saqueos vikingos, que suponen importantes enfrentamientos con las tropas leonesas.
En cuanto a los posibles asentamientos nórdicos en territorios hispanos, resulta sorprendente que el único vestigio toponímico vikingo en España, después de las múltiples incursiones por toda la costa, se encuentre en el interior, muy alejado de la zona literal y al sur de la capital leonesa. Es el caso de la localidad de Lordemanos (“hombres del norte”), aldea que aparece ya documentada en el 1117 y que tiene el privilegio de ser el único asentamiento vikingo reconocido en la Península.
Estas escasas, pero únicas y valiosas, muestras de la llegada y estancia de los piratas nórdicos, hacen de León referencia obligada de su presencia y arte en España, protagonizada principalmente por la “Cajita de la Basílica de San Isidoro de León”, desconocida hasta hace unos años y ahora ocupando un puesto relevante dentro del Arte Vikingo.
Extraido de Fonsado

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