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miércoles, 23 de enero de 2013

¿en qué creían los carpetanos?

En las creencias de los carpetanos no queda más remedio que introducirse en el movedizo terreno de la conjetura, porque al contrario que de los pueblos vecinos, no ha quedado rastro, al menos de momento, de los dioses carpetanos en la epigrafía romana. Ni Ataecina, ni Airón, ni Endovellicus, ni Lug, ni demás dioses de los panteones célticos y lusitanos, que son los más próximos a nuestros protagonistas.
Esto no significa que los carpetanos no adorasen a dioses propios, lo que ocurre es que no han aparecido vestigios del culto, o es que entre sus costumbres no estaba la de citar por su nombre al dios al que le pedían árnica. Probablemente tuvieron sus representaciones materiales de las divinidades, pero puede ser que el material sobre el que lo realizaban fuese perecedero, como la madera, o que la intransigencia de los acólitos de posteriores religiones asentadas en el solar carpetano acabara con sus restos.
Como buenos célticos (con sus matices ibéricos), debieron adorar a un dios sin nombre, un dios superior, máximo y óptimo, como el Júpiter romano, caracterizado por un notable talante guerrero. Pero también debieron de ser devotos de la Diosa de la Naturaleza y de la Fecundidad, la Diosa Madre celta, indoeuropea. Como no se ha documentado la religión druídica en la Península Ibérica, es de suponer que tampoco hubiese druidas entre los carpetanos. No olvidemos que las corrientes culturales y humanas procedentes del centro de Europa, atravesaron los Pirineos y aquí se fosilizaron, mientras que allende nuestras montañas protectoras y separadoras al mismo tiempo, tales ideas evolucionaban. Nuestros celtas proceden de una estirpe muy antigua, donde no había todavía sitio para las creencias druídicas. No obstante los carpetanos eran devotos de la Naturaleza, y realizaban sus prácticas de culto en santuarios al aire libre, algo que a los romanos les irritaba sobremanera, puesto que ellos estaban habituados a los templos cerrados.
Los carpetanos debieron adorar al caballo, y a las divinidades acuáticas, como la inmensa mayoría de los celtas peninsulares. En Complutum eran especialmente afectuosos con las ninfas de las aguas. No olvidemos la fama de los jinetes meseteños, por cuya contratación se pegaban romanos y cartagineses.
Durante época romana, el culto a Marte, el dios de la guerra romano estaba muy extendido, y se asociaba su culto con el toro, animal de carácter sagrado en todo el Mediterráneo y sus riberas. El toro tenía además un matiz de orden astral, tiene carácter funerario y también simboliza la fecundidad. La religiosidad indígena también estaba predispuesta a los sacrificios cruentos y combates gladiatorios en los funerales de grandes personajes, como Viriato, que no era carpetano, pero sí lusitano, con quienes hubo bastante contacto, y no siempre amistoso.
Sí se conocen aras votivas en la Carpetania con inscripciones romanas, pero dedicadas a dioses romanos, aunque seguramente muchas divinidades del panteón romano se asimilaron con los indígenas, como Marte. En cambio, las alusiones a religiones mistéricas orientales, y por supuesto a los viejos dioses carpetanos, brillan por su ausencia. También está documentado en los municipios carpetanos de época imperial el culto al emperador, cuya gestión llevaban un colegio sacerdotal dominado por libertos, los sevires augustales.
Diego Salvador Conejo

 

lunes, 28 de noviembre de 2011

Los malismos o trolls castellanos

Seguramente estamos ante uno de los cientos de miles de espíritus naturales relacionados con el mundo ancestral, que pueblan las leyendas y mitologías de Castilla, y que son totalmente desconocidos por el 100% de los castellanos. El malismo, es un ser de pequeño tamaño, no mas alto de 140cm, o quizás los mas grandes de 160cm. De feas facciones, babeantes, llenos de pelos que le cubren todo el cuerpo de piel grisácea, largas y grasientas melenas, y muy agresivos a la par que mal intencionados. Son criaturas nocturnas, relacionadas directamente con los lugares lúgubres y oscuros. Bosques húmedos otoñales, frías y solitarias montañas, profundos valles de perpetuas nieblas... o áridas y desamparadas mesetas donde una cueva o grieta en tierra, permita que el malismo se esconda y salga a determinadas horas a realizar sus maldades. De ahí le viene el nombre, de las maldades que realiza.
Estos duendes trogloditas o espíritus elementales de la naturaleza, están estrechamente relacionados con los trolls germánicos. Siendo por tanto muy posible, que su introducción en Castilla llegara de manos de los godos. Y no de los romanos o celtas, que suelen ser los pueblos a los que normalmente se atribuye cualquier ser elemental que puebla nuestra mitología.
Los godos eran un pueblo arriano cuando llegó a Hispania. Y es sabido que su principal foco de influencia étnica se estableció en la meseta central. Prácticamente un área que coincide con la totalidad de la Castilla del norte, y Toledo. Pueblo supersticioso y anclado en creencias ancestrales paganas a pesar de su fe católica. Creían en faunos de los bosques, en la brujería de los hunos, en las lamias, en unas criaturas demoníacas femeninas a las que llamaron Alirumnias. En la trasmutación de las almas en animales salvajes, en el simbolismo del oso y el lobo como seres totémicos. No es de extrañar que junto a ellos llegaran las creencias populares de unos trolls que con el tiempo y bajo otras influencias culturales, llegaron a ser llamados por su nombre actual de Malismos.
Habitantes de lúgubres cuevas o antros oscuros, se encargan de guardar tesoros ocultos bajo tierra según algunas leyendas. Otras dicen que jamas acuden a la superficie ya que la luz del sol los consume y mata. Otros piensan que solo salen en las horas crepusculares y durante la noche, o los días en los que el sol esta bajo, hay niebla o el bosque es tan oscuro y lúgubre que permite que esta criatura pueda trastear y molestar a la gente sin ningún temor.
Otra de las características que vinculan a estos duentes con los trolls nórdicos, es la capacidad que tienen para realizar sortilegios y brujería Cosa que nos recuerda muchísimo a las sagas germánicas, donde los enanos en las minas realizan artes mágicas para proteger espadas, o maldecir el oro de los nibelungos en las aguas del Rhin

lunes, 4 de octubre de 2010

El Monte Bilibio y las inscripciones de Baelibio

Hoy nos hacemos eco de una hipótesis que relaciona el Monte Bilibio, en La Rioja, con dos documentos epigráficos de la ermita alavesa de San Bartolomé, en Angostina. En estas inscripciones aparece el teónimo Baelibio, que el autor, que hoy traemos a colación, Andoni Sáenz de Buruaga, identifica con un posible culto a este monte. Cierta o no esta especulación, el Monte Bilibio guarda un rico pasado, pues en él existió un castro, además de ser un lugar de eremitas, donde existe una ermita que consagra al que dicen fue el anacoreta que frecuentaba aquellos parajes, San Felices, y a donde cuentan llegó el mismísimo San Millán en busca de las enseñanzas de San Felices. Todo esto, junto con las ruinas de un castillo que sobre aquel monte se alzaba, nos hace comprender que aquel fue un lugar de gran importancia desde tiempos muy antiguos. El monte está horadado de distintas cuevas y abrigos, donde la Cueva de Páceta cuenta la tradición que fue la que habitó San Felices.
El hallazgo en la parte meridional de Álava, en las proximidades de La Rioja, de un ara votiva de época romana con el teónimo Baelibio, además de replantear anteriores lecturas sobre otro ejemplar ya conocido del lugar, suscita derivados comentarios acerca de su posible conexión con el actual orónimo de Bilibio emplazado en aquel mismo contexto espacial (Haro, La Rioja). En este sentido, sugerimos su vinculación con el culto naturalista de los montes. Diversos indicios y testimonios –a veces de heterogénea trascendencia temporal- documentados en el ambiente próximo, pudieran justificar la hipótesis propuesta.
Referencias al culto precristiano del Monte Bilibio (La Rioja)", Andoni Sáenz de Buruaga

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Ritualizacion del equinico de Otoño - Religion de los antiguos godos

Al contrario que los solsticios, los equinoccios no son plenamente festividades de simbolismo solar, sino de las cosechas y los campos. Como tal hay que entenderlas, y como tal las entenderemos.
Tanto en otoño como en primavera, el bosque, el monte y el campo dan frutos a los hombres. Esto bien lo saben los abuelos y gentes de pueblo. En otoño se recogen las setas, bellotas, castañas etc. Y en primavera, se recogen los frutos silvestres de los árboles, los campos y sus cosechas. Astrológicamente los equinoccios representan la igualdad entre la noche y el día.
Como será fácil de entender, los equinoccios serán el tiempo del dios Enguz y de la tierra. Por un lado el equinoccio de Otoño, simbolizara la siembra y recogida de la cosecha. Y por otro el de primavera, simbolizara igualmente la recogida y siembra de las cosechas.
Al igual que los solsticios, son festividades de festejo y conmemoración simbólica. En otoño bendeciremos la siembra al dios Enguz, y en primavera agradeceremos la recogida al dios Enguz.

Ritualizacion

Entre los viejos pueblos del norte europeo, se solía identificar los equinoccios con las siembras, y para tal existía un ritual, mediante el cual se representaba una siembra de las semillas.
Nosotros tomaremos el simbolismo de la siembra y recogida de las cosechas, para celebrar unas festividades cuyo valor simbólico será precisamente eso: la siembra y la recogida de las cosechas. Identificaremos el equinoccio de primavera con la primera de las cosechas, y el de otoño con la segunda. Realmente casi todos los pueblos han celebrado y siguen celebrando, festividades populares relacionadas con el campo. Así pues, aun hoy en gran parte de Europa, se celebra con festejos tradicionales, la llegada de la siembra, o la elaboración de las primeras cervezas de la temporada. Por ejemplo en el popular Oktober Fest.
En España mucho mas popular la siembra y vendimia del vino, y anteriormente las populares y crueles matanzas del cerdo. Todos estos festejos tenían una raíz ancestral que unía al hombre con el pasado vinculado a los ciclos naturales. Quizás comprendamos ahora mucho mejor la importancia de los equinoccios y su equivalencia con los tiempos fértiles de la tierra.
A mi modo de ver, la Wicca se pierde en exceso en simbolismos románticos, vinculando los equinoccios con una igualdad de diosa y dios. Una época de amor vinculando la igualdad del día y la noche. No voy a entrar al trapo del tema. Pero a buen seguro nuestros antepasados, criados en una sociedad violenda y prácticamente dedicada a la guerra, no tendrían una visión tan idílica de esos tiempos y conceptos.
Para nosotros, el tiempo de los equinoccios, será un tiempo para celebrar entre camaradas, los símbolos de las recogida. Celebrando al igual que en los solsticios y por influencia directa de las descripciones que hicieron los textos clásicos de estas festividades; reuniones, brindis, y banquetes. Todos ellos dedicados al dios godo Enguz.
Para tal fin, los nuevos paganos, se reunirán en su Alhs Gothorum, donde como es tradición, el Ufargauta preparara su “altar” o mesa de trabajo con todos los utensilios. En esta ocasión y como símbolo de las cosechas, recuperaremos la tradición histórica de los godos, del sacrificio de parte de las mismas a los dioses.
Así pues, los asistentes, traerán diferentes frutas tales como: uvas, peras, manzanas, castañas, naranjas etc. Las cuales serán arrojadas a un recipiente a los pies del altar. Simbolizando así el sacrificio de parte de la siembra a los dioses, que los antiguos campesinos y guerreros godos realizarían en sus diferentes tribus.
Tras ello, y con la totalidad de los asistentes reunidos. El Ufargauta, procederá a dar un discurso ritual de apertura ceremonial.


Enguz dios de los campos y las cosechas
Fertiliza la tierra que da sus frutos como cada año
Acepta la ofrenda de las mejores frutas en agradecimiento
Nerthus diosa de la tierra
Que tu vientre alimente las semillas y las proteja del frío y el viento
Acepta la ofrenda de las mejores frutas en agradecimiento
Dioses de la raza, orgullosos en las montañas
Proteger con la espada a los hijos de vuestro pueblo
Defended la siembra y las recogidas
La fecundidad y los nacimientos
Aislar a los enemigos del pueblo godo de sus campos
Aceptar la ofrenda de las mejores frutas en agradecimiento
Antiguos gigantes que fuisteis el principio del mundo
Alzar un muro que defienda de nieve y escarcha
Las rubias espigas y los árboles frutales
Aceptar la ofrenda de las mejores frutas en agradecimiento



Posteriormente al discurso ritual, el alto sacerdote sacara su cuchillo ritual (scram), y con la ayuda de los asistentes excavará un hoyo donde enterrara a modo de siembra simbólica, las frutas ofrendadas. Con la esperanza de que estas alimentes la tierra; plantas, helechos o árboles que crecen en el campo, colinas y montañas.
Por ultimo, una vez mas se dirigirá a los dioses diciendo:


Acompañadnos Oh dioses del pueblo, señores de la raza, al banquete que ofrecemos en vuestro honor.



Siendo por ultimo realizado nuevamente una reunión banquete en honor a las deidades del pueblo godo a modo de imitacion de los banquetes cultucos descritos por Jordanes.
Teolfo Rodriguez - Religion de los antiguos godos

Equinocio de Otoño - 21 / 22 de Septiembre

Ya la tierra comienza a prepararse para recibir los vientos invernales. Las hojas de los árboles se tornan de color marrón marcando así el comienzo de la estación otoñal. Los días se tornan cada vez mas cortos, cada vez mas fríos, los animales comienzan a guardar su alimento para prepararse para los meses fríos.
En el día septiembre 22 se conmemora la segunda cosecha. Astrológicamente el sol entra en el signo de libra, marcándose así el equinoccio de otoño, siendo el día y la noche de igual magnitud. A esta festividad se le conocen por los nombres de Cornucopia, la cosecha del vino, Mabon, Festival de Avalon, y el Equinoccio de otoño.
En la festividad de Mabon, (palabra Galesa que significa Buen Hijo, era un Dios Gales que simboliza el principio masculino de la fertilidad), se celebra la segunda cosecha y es de gran importancia agradecer al Dios y la Diosa por las bendiciones que nos han dado hasta ahora, y por lo que hemos cosechado en el camino de nuestras vidas. Debemos de comulgar con la divinidad y celebrar la abundancia de bendiciones que trae el solamente estar vivos.
Según la tradición griega, Demeter, la Diosa de la tierra, entra en un estado de gran tristeza y luto, ya que su hija Persefone se fue a la tierra del inframundo para vivir con Hades. Ella comió de la comida del inframundo y debe quedarse allí por algún tiempo acordado entre Hades y Demeter. Hasta que Persefone llegue a la tierra, Demeter tendrá la superficie del planeta en oscuridad y frió, como muestra de su dolor ante la falta de su hija. Se come en esta festividad la Granada como símbolo del encuentro de Persefone en el inframundo con su marido Hades.
Tradicionalmente en este día se comen vegetales, granos, y frutos de la época, en especial los productos hechos del maíz. El maíz es imperante ya que es un símbolo del Dios sol y de la abundancia. Curiosamente hay una tradición en la cual se hacen muñecas de maíz, o corn dollies, las cuales son símbolo de la sexualidad femenina, de la Diosa madre.
Esto se hace con la cubierta de la mazorca de maíz, las amarras con cordones hasta que haces una forma humana y ahí tienes tu representación de la Diosa. Puedes guardarla en un lugar que sea seguro para ti durante todo un año, y en la próxima festividad de mabon, la quemas en el fuego. Así marcas el comienzo de un nuevo ciclo en tu vida, y permites que la prosperidad te llene.
Se decoraban las mesas con maíz y cornucopias, como símbolo de prosperidad y del espíritu de la cosecha. En este día los colores propios de la festividad son los colores rojos, anaranjados, dorados, marrones, violetas. Estos colores utilizados en la decoración, velas y vestimenta nos permitirán sintonizarnos con las energías que en este día son liberadas, ayudando así a que nuestro ritual sea más efectivo.
En este día, varias deidades son conmemoradas y veneradas, entre ellas pues tenemos a Demeter, Persefone y Hades; las Musas, a Dionisio y Baco (deidades del vino), a la divinidad en su aspecto de madre, a Morgana, la dama serpiente, como también a Thor, Mabon, Hermes, Hotei.
En esta celebración, hay que estar llenos de gozo, ver lo que nos a traído la vida, lo que hemos cosechado en este camino de aprendizaje. Nuestra mentalidad debería de ser una de agradecimiento a la Divinidad, y los rituales mejores aspectados son los que tengan que ver con la acción de gracia, bendiciones de la tierra, bendiciones y protección, el dejar malos hábitos o situaciones atrás, y el buscar en nuestras almas aquello que queramos cambiar o mejorar.

viernes, 25 de junio de 2010

Ritual funerario y consumo de vino.

El mundo del banquete funerario es sólo una parte del conjunto total de usos sociales posibles del vino, y por tanto puede proporcionarnos una visión sesgada, pero con todo sigue siendo nuestra fuente principal. Como se ha visto (Apdos. II.C y II.D.), los datos de los depósitos de ofrendas de Los Villares, y la cerámica ática en ajuares funerarios son nuestra principal fuente arqueológica, dado que la cerámica griega aparece en mucha menor proporción en contextos de poblado.
La primera pregunta que debemos plantearnos es si los objetos depositados en el conjunto 25 y en la tumba 20 de Los Villares responden a silicernia, esto es, a los restos de un banquete funerario celebrado no tras el entierro y en casa del difunto al modo del perideipnon griego, sino al modo romano; o si responden a un ritual de libación y ofrenda en torno al difunto (del que los vivos podían o no participar bebiendo); o si los objetos fueron simplemente depositados y quemados, sin haber sido previamente utilizados para beber.
La ausencia de huesos de animales, por un lado, y la aparición de otros objetos como joyas, láminas de plomo, punzones, escarabeos y cajas de madera y marfil parece indicar que, si hubo un banquete, se depositaron sólo los vasos de beber pero no los de comer, ni los huesos, y que además se añadieron objetos no asociados al mismo. Por otro lado, no parece probable que las altas concentraciones de vasos de beber sean exclusivamente ofrendas funerarias depositadas fuera del ajuar. En consecuencia, a nuestro modo de ver, parece prudente emplear el término más aséptico de "depósito de ofrendas", y postular un rito en el que interviniera la bebida y no la comida, quizá en forma de libaciones sobre una hoguera, seguido de la destrucción de los vasos y otros objetos en ese mismo espacio.
Paradójicamente, aunque no podamos hallar nada más lejano al symposion griego, esta forma de actuar se aproxima, más que la celebración de un hipotético perideipnon en el propio cementerio, a la práctica griega del periodo arcaico de disponer las llamadas "offering places" y "offering ditches" separadas del ajuar. En dichos depósitos se disponían ofendas y ocasionalmente animales quemados -no cocinados- que se destruían y quemaban en honor del muerto, tras apagar con vino la pira -y no sólo en el ritual homérico. A veces esos depósitos aparecen en Grecia bajo los túmulos, lo que indica que tales depósitos constituían el climax del funeral y antecedían al definitivo sellado de la tumba. Las choai o libaciones constituían en época arcaica y clásica los elementos más habituales en los rituales postdeposicionales inmediatos y diferidos. Llama además la atención la presencia de ungüentarios para perfumes en los dos depósitos de ofrendas, porque en efecto el perfume era elemento insustituible y presente en Grecia, tanto en el symposion y otro tipo de banquetes, como en el ajuar funerario, como acertadamente ha sabido ver el excavador. La presencia de una escena de banquete en una de las plaquitas de marfil de las cajas puede, sin embargo, ser intencionada o simplemente una de las varias escenas de dichas cajitas probablemente etruscas, que reflejaban los gustos de aquella aristocracia, sin que su aparición en Iberia permita hablar de symposion reclinado.
Creemos, sin embargo, que tampoco debe hacerse demasiado de estos aparentes rasgos de 'helenización': no estamos ante un ritual griego, sino ante uno ibérico en el que se emplean como objetos de lujo vasos griegos; y la práctica de libaciones, sacrificios y ofrendas es casi universal en los rituales mediterráneos antiguos. Además, otros rasgos nos alejan sustancialmente del ambiente 'helenizante'. Por ejemplo, las choes de los Villares pertenecen, como bien han visto sus excavadores, a un tipo característico de tumbas infantiles. Este tipo de objeto -y más por triplicado- no tiene ningún sentido 'helénico' en el contexto del depósito de Los Villares, a no ser que el difunto enterrado bajo una escultura ecuestre en el túmulo 20 fuera un niño de corta edad, menor de tres años. En cambio, si estas jarritas no fueran comprendidas por los ibéricos que las emplearon, si éstos vieran en ellas simplemente objetos exóticos de comercio, sin las concretas connotaciones culturales que tendrían para un griego, entonces su aparición se entiende mejor. En este contexto hemos de recordar el texto del Pseudo Escílax según el cual los fenicios comerciaban en el Norte de Africa con ungüentos, vajilla ática y, específicamente, choes.
Si los depósitos de ofrendas de Los Villares reflejan libaciones y/o potaciones en las que cada persona usaba un recipiente (escifo, cílica...), debemos concluir que el número de participantes era reducido, en torno a 25-35 personas a lo sumo, aunque quizá no todos los asistentes participaran en este rito concreto; o quizá la asistencia era mucho mayor o mucho menor, y simplemente se depositó y quemó un lote de vasos y objetos que se considerara lo suficientemente lujoso y rico, o que hubiera pertenecido al difunto. Es difícil responder a estas preguntas.
En cuanto a la cerámica ática acumulada en los ajuares -no en depósitos de ofrendas- de bastantes tumbas ibéricas, relativamente rara en el s. Va.C. pero mucho más frecuente en el s. IV a.C., se ha propuesto en varias ocasiones que la función original de los vasos griegos se perdería por completo al pasar a sus destinatarios iberos, y que quizá muchos de ellos se utilizaran exclusivamente como objetos de prestigio en ofrendas funerarias. Sin embargo, conjuntos como los ajuares tardíos de la fase III de Los Villares de Albacete, o los de la Quéjola (con copas Castulo en las habitaciones de las ánforas) parecen indicar que, al menos en determinadas ocasiones, las copas se emplearon para beber y/o libar vino -puro-, cerveza u otros líquidos, sin que ello implique la transmisión de un 'simposio'. Si esto ocurre con las copas, puede plantearse la posibilidad de que lo mismo ocurriera con algunas crateras, aunque habitualmente se documenten como urnas cinerarias. En un contexto cultural en que no se mezclaba el vino con agua, quizá el pequeño tamaño de las crateras de campana no fuera un obstáculo. Precisamente el que las escenas más frecuentemente representadas en las crateras sean las dionisiacas (39 casos en Andalucía) y las de banquete (21 casos en Andalucía), puede relacionarse en el primer caso con procesos de heroificacion funeraria como quiere Sánchez, y en el segundo - discutido por esta autora en otros lugares- con banquetesreales, funerarios o no. Puede que, como han indicado C. Sánchez y R. Olmos, incluso las escenas de banquete tuvieran en el contexto ibérico un significado funerario, mediante la heroificación a través del vino y la asimilación del banquete del Mas Allá del difunto con el personaje representado en el symposion, pero quizá no sea esta exclusivamente la única lectura si, como creemos, el banquete era en la sociedad ibérica de los vivos un elemento social con connotaciones jerárquicas y no igualitarias.
Si esto es así, las crateras -originales y de imitación- tendrían una función de prestigio personal en banquetes o fiestas de mérito en manos de aristócratas iberos, y continuarían teniendo una función de expresión de status y/o de heroificación del difunto al amortizarse en el ritual funerario, lo que no impide que algunas de ellas se hubiera adquitrido desde el principio con ese fin. Las copas de beber pudieron o no ser utilizadas para beber en el mundo de los vivos, como vasos de prestigio de ciertos individuos (en una proporción variable de la población según las zonas), y al tiempo mantener su carácter de objetos prestigiosos, por acumulación de los mismos, en los ajuares funerarios. El proceso de generalización de las copas haría especialmente valiosas como indicadores de status ciertas formas de mayor tamaño (como las crateras) o de escasa frecuencia y mayor especialización formal.
Es cierto que la escasez de cerámica importada -sobe todo de crateras- en poblados puede hacernos dudar de la función práctica propuesta, pero debemos recordar que no hemos de esperar hallar muchas piezas completas en hábitat: unas acabarían rompiéndose, y otras amortizándose en tumbas. El hecho de que en diversas necrópolis (Cabecico del Tesoro, Coimbra del Barranco Ancho, Orleyl, La Albufereta, etc. se depositaran vasos áticos en tumbas hasta un siglo después de su fabricación indican que estas copas habían sido usadas en el mundo de los vivos durante generaciones. Algo parecido ocurre en poblados donde se documentan laregas perduraciones del BN (Alhonoz, Castellones de Ceal, Puntal dels Llops). Además, las copas de tipo Castulo de la Quéjola, asociadas a un centro de almacenamiento de vino, e incluso quizá las crateras del poblado de Los Nietos, nos confirman que los vasos no sólo o no siempre se adquirieron para el mundo de los muertos.
Fernando Quesada Sanz

jueves, 10 de junio de 2010

Los godos y el misterio de las Alirunnias

En la historia mitológica del mundo godo, hay un suceso plagado de misterio. Dicho suceso, fue recogido por Jordanes, y cientos de siglos después, por el rey de Castilla y Leon, Alfonso X el sabio. El cual se consideraba descendiente de los godos. En su Estoria General. Recoge el mismo dato que Jordanes sobre unos místicos y maléficos fantasmas del bosque que aterrorizaron a los godos.
Cuenta la historia que Gardarigo el grande, tercer rey godo después de la llegada a Escitia expulso de su ejercito a unas mujeres hechiceras, cuya presencia consideraba maléfica para sus tropas y que llamaban en la lengua de los godos Alirunnias. Estas hechiceras expulsadas vagaban solas por los montes y bosques. Allí, se encontraron con unos hombres montesinos llamados (dice la crónica) “sátiros y faunos”

Y estos tales quando fallaron aquellas mugieres de los godos, yoguieron con ellas et fizieron fijos et fijas
Alfonso X Estoria General

Los frutos de esa unión se criaron en los pantanos de la laguna de Meotida y fueron apareciendo posteriormente en las tierras de los godos como cazadores furtivos y espías que indagaban sobre los bienes que había en Escitia. Dicho relato en el capitulo 400 de la crónica de Alfonso X el sabio, y coincide con idéntico relato en la historia de Jordanes.
¿Quiénes eran esas mujeres?... ¿Quiénes fueron los descendientes de esas mujeres, que como fantasmas vivían en los bosques, cazando y espiando a los godos?. Una explicación lógica y basada en la historia, nos dice que las mujeres a las que Gardarigo expulso del ejercito y pueblos de los godos, eran hechiceras escitas, las cuales en los bosques, mantuvieron relaciones sexuales con los hunos y quizás con mongoles. A los que los godos confundieron con animales o seres monstruosos y no humanos. Estos serian los sátiros y faunos de la crónica de Jordanes. Tras lo cual realmente se escondería únicamente un atributo mágico de criatura monstruosa semejante al troll de los germanos.
Así pues, la llegada de los hunos y sus luchas contra los godos en el este, fueron explicadas en parte, con una leyenda mitológica, quizás basada en una realidad, o cuanto menos recogida como esta por Jordanes.
Las Alirunnias, leyenda o no. Eran para los godos, unos espíritus femeninos, semi hechiceras, capaces de maldecir y de trasmitir desgracias a los hombres de la estirpe. Ellas vivían solas en los bosques realizando sus rituales, y tenían poder sobre las criaturas del mundo natural y fantasmagórico; tales como sátiros y faunos, trolls y trasgos. No podemos decir que fueran realmente criaturas infernales, si no mas bien pequeños demonios o simples espíritus maléficos.
Años mas tarde el escritor Jesús Callego, recoge en sus mundos mágicos. Como los godos a su entrada en Hispania, eran aterrorizados por la creencia de las lamias. Al parecer los godos tenían pánico a estas mujeres que también vivían en los bosques solitarios, como sus ancestrales Alirunnias. Las lamias al igual que estas, eran mujeres solitarias, que seducían a viajeros o guerreros, para chuparles la sangre. Si bien no es el mismo mito, ya que habían pasado unos cuantos años. Si son parecidos en su raíz. Y me atrevería a decir que es una evolución con una creencia antropológica de una misma base. Los visigodos, temían a las lamias, por que estas les recordaban a las Alirunnias de su pasado... las cuales habían dejado huella en su recuerdo genético. Algo similar al miedo atávico que hoy en día todo ser humano tiene hacia la serpiente, y el cual procede en parte del mito religioso, en parte del pasado primitivo del ser humano.
Teolfo Rodriguez - Religión de los antiguos godos -

lunes, 7 de junio de 2010

Megalitismo iberico, y el ritual funerario

La leyenda ha conseguido con frecuencia hacer de los monumentos megalíticos lugares de culto, santuarios y mansiones druídicas, pasando por alto que en su origen fueron tumbas. Tal vez haya podido contribuir a ello el hecho de que con cierta asiduidad, cuando los monumentos se hallan emplazados en suelos ácidos, los osarios se han consumido literalmente, no quedando sino una mancha oscura, rica en materia orgánica. Sin embargo, en terrenos calcáreos todos los dólmenes proporcionan invariablemente esqueletos humanos, lo cual prueba incontestable de su finalidad funeraria. Los megalitos fueron, pues, sepulturas de la edad de piedra; al margen de que pudieran también desempeñar el papel de centros de culto, espirituales o religiosos, al tiempo que marcas de diferenciación de territorios etc etc etc.
En segundo lugar, hay que destacar que fueron lugares de enterramiento colectivo. Se distancian, por tanto de la idea de la fosa individual, presente en muchas comunidades neolíticas contemporáneas. Seguramente trataban de subrayar los estrechos vínculos de sangre que unen a los enterrados en un mismo lugar. Esa es la razón de que los esqueletos contenidos en los monumentos, como podría ocurrir en los panteones familiares actuales, sean bastante numerosos. Espectacular era, según las noticias que nos han llegado, el osario de la Cueva de Menga, en Antequera, que podía contener restos de mas de medio millar de inhumaciones. Aun mas llamativa resulta la cifra mencionada para el hipogeo de Hal Saflieni, en Malta, próxima a 7.000, que corresponde, sin duda, a un volumen de población muy superior al existente en cualquier momento del III milenio en esta pequeña isla mediterránea. Todo ello nos proporciona una nueva enseñanza y es que los dólmenes cobijan enterramientos colectivos de carácter diacrónico, sirviendo de deposito de restos durante muchos siglos e incluso milenios.
Mas difícil resulta esclarecer las causas por las que llego a implantarse el ritual de enterramiento colectivo, aunque ello podría obedecer al surgimiento de un nuevo modelo de sociedad en el que las unidades de sangre amplias, tipo clan, avanzasen en detrimento de la familia simple. Es posible, efectivamente, que tal situación pudiera haberse dado aunque (como recuerda Piggott) tampoco puede descartarse que la tumba colectiva hubiera podido entenderse al menos en ciertos territorios, como símbolo de la expansión de nuevas formas de religiosidad. Incluso no habría que desestimar completamente la idea de que ese carácter colectivo de las sepulturas respondiera, según las diferentes zonas, a diferentes estímulos.
El sepulcro, en este sentido, es obvio que cobra distinto significado en la necrópolis de los Millares, Almería. Donde 80 tumbas se concentran al borde de un imponente poblado estable, que por ejemplo en la región de Beira, donde los monumentos reflejan una gran dispersión y aislamiento. En este ultimo caso podría ocurrir que el dolmen fuera la tumba de una pequeña población circunscrita al territorio; que fuera, pues el sepulcro de dicho territorio y hasta el emblema del grupo.
En ambos casos sin embargo, el haberse decantado los hombres prehistóricos por una opción funeraria monumental, parece subrayar el deseo de inmortalizar la memoria de sus grupos familiares. también mostraban la intención de cultivar el recuerdo de unos ancestros, que seguramente se identificaron con los promotores de la erección de sepulcros, y que fueron encumbrados a la categoría de héroes míticos.
La inhumación debió ser, pues el rito fúnebre por excelencia, aunque en algunos casos haya también constancia de incineraciones parciales. Aquellas probadas en diversos grupos megalíticos europeos, por ejemplo en irlanda. – son mas dudosas en la península ibérica, pese a la insistencia de algunos autores por verlas en el noreste. Las cremaciones parciales, en cambio, resultan mejor conocidas, por ejemplo, en determinadas cuevas sepulcrales del Pirineo occidental o en dólmenes del sureste. Por será parte, es digno de destacar que todo el osario con frecuencia se espolvoreaba con restos de ocre u otro tipo de polvo rojizo. Se seguía así una costumbre ya existente en el paleolítico y muy arraigada en las poblaciones neolíticas del este de Europa, cuyo símbolo (si nos guiamos por ciertos testimonios etnográficos) seria el de una especie de sangre eterna o aliento vital imperecedero.
Ya hemos señalado que la pieza del megalito destinada de antemano a servir como recinto sepulcral era la cámara. Sin embargo, es relativamente frecuente descubrir enterramientos en otros puntos, bien las camaretas secundarias y nichos que a veces se abren en sus paredes, bien a lo largo del corredor, bien (por mas que pueda resultar extraño) en meras fosas excavadas desordenadamente en la masa tumular. Tenemos poca información sobre las cosas de esta distribución, pero parece que los corredores se usaron como Lucus funerario cuando las cámaras, por encontrarse abarrotadas de cadáveres o destruidas, no podían ya acoger nuevos enterramientos.
Megalitismo ibérico de German Delibes

Como hemos visto los conocidos megalitos de la edad de piedra y normalmente por error atribuidos a los celtas, no solo son anteriores a la entrada de los indoeuropeos, si no que no tienen históricamente nada que ver con los cultos druidas. Este es otro error muy común, el de vincular dólmenes y megalitos a druidas y celtas. Los megalitos, si bien es cierto que fueron principalmente usados como lugares de enterramiento para las sociedades primitivas, no menos cierto es que muchísimos autores hoy en día los pretenden vincular a conexiones espirituales relacionadas con la religión de los pueblos de la edad de piedra. De este modo tendrían una doble función, por un lado un lugar sagrado, al ser donde se entierran a la gente del clan. Y por otro ser un lugar sagrado o lugar desde donde los viejos sacerdotes del neolítico, invocaron a sus dioses o espíritus protectores. Tampoco han sido pocos los autores relacionados con el mundo esotérico, ritual y mágico, que han interpretado a dólmenes y menires como centros de canalización de las energías telúricas de la tierra.
Ni que decir tiene, que cuando nos acerquemos a visitar o bien a realizar algún tipo de ritual espiritual a un megalito, o cualquier otro lugar que tiene 6000 años de antigüedad, tenemos que hacerlo con el respeto que se merece. Por un lado con el respeto que tenemos que tener hacia un lugar que forma parte de nuestra historia y legado, y que ha sobrevivido tropecientos mil años intacto. Y por otro lado, con el respeto digno que se ha de tener hacia un lugar, que sirvió como centro de culto para gentes que tenían unas creencias politeístas, de las cuales el paganismo ibérico se influyo, hasta la llegada del monoteísmo.
A. Del Olmo

La religón de los celtíberos

La religión de los celtíberos y pueblos vecinos es relativamente bien conocida por varias representaciones sobre cerámica y por las fuentes epigráficas y literarias.

En un fragmento de cerámica se ve la representación torpe de una figura con los brazos levantados en alto y cuya cabeza cubre un par de cuernos de ciervo. Se trata, sin duda, del dios celta Cernunnos, representado en la roca de Valcamónica, Alpes [-133→134-] Lombardos, siglo IV a.C., y varias veces sobre el caldero de Gundestrup, la pieza más importante del arte y religión celtas. El dios representado en un fragmento numantino ofrece un paralelismo impresionante con el de Val Camónica, que se tiene por la imagen más antigua del dios, y es anterior a la de Gundestrup, que se suele fechar entre los años 100 a. C. - 50 a.C. La importancia de esta pintura es tan grande, que uno de los mejores conocedores de la religión celta, P. M. Duval, la reprodujo para que llegase a conocimiento de los investigadores de la religión celta, ya que era práctica- mente desconocida.
Junto a este dios los celtíberos veneraban a otro, igualmente muy importante, mencionado en una inscripción de Uxama, del siglo II, que dice: Lugouibus / sacrum/ L(ucius) L(icinius) urcico(m) colle/gio sutoru/m. D(onum) D(at). El mismo dios aparece en una segunda inscripción de Pozoblanco, en la que se lee: Louci(is) iuteri/s aram cum / monumento y en otras varias de la Península: en Muro de Ágreda, la antigua Augusto-briga, bajo la forma Lougesteric(o), Lucoubus en Sinoga, y Lug en la inscripción grande de Peñalba de Villastar, Teruel.
El nombre es genuinamente celta y entra en la formación de multitud de topóni-mos, como Lug-(u)-beus, Lugu-adicus Lugu-uallium, Lugu-dex, Lugu-dius, Lugu-selua, Lugu-dunum. En Irlanda hay un dios Lug o Lugh.
U. Schmoll se plantea el problema de si estos seis nombres se relacionan unos con otros. Para Lugoues, Luguei una etimología relacionada con el celta lugu-, cuervo, no es aceptable según este autor, y difícilmente se vinculan a estos nombres las formas con L(o)uc, aquí se podía pensar en el indoeuropeo leuk, luz, pero la formación de palabras como Lucoubu, Lucubo no es clara.
Para el teónimo y gentilicio Lougesteric(om) M. L. Albertos piensa (citada en nota 16, 137) en la radical Louc-, que se documenta en esta región, como en Louci en Lan-gosto (Soria), Lougei en Lara, y fuera de la región en Louessa (variantes Lobesa,Lobessa) en Vinhaes, Louessi en Guinzo de Limia; Louesi en Cacabelos, Lougo en Clu-nia y Louessius en Lusitania. Antropónimos formados sobre el indoeuropeo, leuk- bri-llar, leukos, luz, están atestiguando en todas las formas indoeuropeos. Es radical fre-cuente en la onomástica celta e iliria. M. L. Albertos (op. cit. 138) cree que los lugoui-bus de Uxama son el dativo plural de Lugus.
Lug se relaciona con el indoeuropeo Lug, negro, y significaría cuervo, ave de plumaje negro. Es significativo que en la inscripción de Peñalba de Villastar, donde se menciona por dos veces al dios, haya pintado debajo de ella, según J. Cabré, un cuervo.
En un escudo de Lugudunum, del año 44, se representa un cuervo y esta ave ocupa un lugar importante en la leyenda de la fundación de la ciudad. Lug podía ser dios de la luz, como Apolo, que aparece como un cuervo. A Mitra, deidad solar, acompaña también un cuervo. Lug parece ser el dios celta, que César (BG VI, 17): Deorum maxime Mercurium colunt, huius sunt plurima simulacra, hunc omnium inuentorem artium ferunt, huno uiarum atque itinerum ducem, huno ad quaestus pecuniae mercaturasque habere uim maximam arbitrarunt. Post hunc Apollinem et Martem et Iouem et Mineruam, y Tácito (Germ. IX): Deorum maxime Mercurium colunt, cui certis diebus humanis quoque hostiis litare fas habent, identifican con Mercurio, citado también bajo el nombre de Teutates en Lucano (Fars. 1, 444-446): et quibus inmitis placatur sanguine divo Teutates horrensque feris altaribus Esus et Taranis Scythicae non mitior ara Dianae. Según un escoliasta de Lucano, Esus equivale a Mars, Taranis a Dispater y Teutates a [-135→136-] Mercurius. Según un segundo, Teutates sería Mars, Esus Mercurius y Taranis Iupiter. En inscripciones Teutates aparece como Mars y Taranis como Iupiter (CIL III, 2804; VII, 84). Lucano en sus versos alude a los sacrificios humanos, con que se vinculaba el culto a estos dioses, sacrificios también atestiguados en Hispania. El epíteto que los irlandeses dan a Lug es Samb-il dánach, hábil en muchas artes; epíteto que explica el carácter que César atribuye a Mercurio. Carácter que era el que tenía entre los celtíberos, como se desprende del hecho de que el gremio de zapateros de Uxama le dedique un ara. Recientemente E. van Tassel Graves cree que el nombre de Urcico, de la inscripción de Uxama, significa zapatero y que no hay razón para que los Lugoues sean dioses de la luz.
En Palencia, ciudad arévaca según Estrabón (3, 4, 13), se han hallado dos lápidas consagradas a Duillae 11t, que dicen: Annius / Atreus / Caerri / Africani / f(ilius) Duillis / u(otum) s(oluit) l(ibens) m(erito). — Cl(audius) Lattu/rus Duil/lis u(otum) s(oluit) l(ibens) / m(erito) / ex ui(su). Duillae, son, sin duda, una diosa de la naturaleza, de carácter protector de la vegetación, si se observan las palabras celtas, como el irlandés duille, duillen, follaje; -dula, hoja; indoeuropeo dhal, dhel, reverdecer, brotar; n. bretóp pempdeylen, cinco hojas, etc. En la religión celta se conocen dioses de este tipo, además de los bosques sagrados o louci, como el encinar del Burado, cantado por Marcial (IV,55, 23), cuyos cultos en la Galia han sido bien descritos por Plinio (NH XVI, 249-251);una encina sagrada era venerada en Angulema (CIL XIII, 1112). El culto a toda clase de árboles está bien documentado en Irlanda y en la Galia, en la que se conocen altares dedicados a Fago (CIL XIII, 33, 223-225), a Sexarbori Deo (CIL XIII, 132,175) y a Sexarboribus (CIL XIII, 129). Entre los germanos los montes elevados eran reverenciados (Tac. Germ. IX), al igual que en Hispania el Vadeuerón (Marc. I, 49, 5-6) y el Mons Caius (Marc. IV, 55, 1-3). Los dioses de la vegetación se hallan también bien documentados en la Península. Contra esta interpretación de M. L. Albertos, seguida por nosotros, U. Schmoll piensa para Duillae en el numeral du- dos, y se apoya para ello en el hecho de que en las proximidades de las aras se hallaran tres representaciones de mujeres que posiblemente son imágenes de la Duillae.
En Peñalba de Castro se documentan unas diosas, Matres, diosas unidas a la idea de la fecundidad y de la abundancia, que aparecen en todo el área celta: Matres Namausicae en Nîmes (CIL XII, 382); Matres Treuerae (CIL XIII, 8634) en Clebes; Matres Masanae (CIL XIII, 8223) en Masen; Matres Demorunae (CIL V, 579), junto a Milán, y en Hispania: Matres Gallaicae en Coruña del Conde (CIL II, 2776), Matres Aufaniae en Carmena (CIL II, 5413) y Bonn, y a las Matres: en Duratón (CIL II, 2764), en Porcuna (CIL II, 2128); en Muro (Soria) (CIL II, 2849). El nombre que acompaña a Matres es frecuentemente un nombre local, como en la inscripción de Peñalba de Castro, que dice: Ma(tribus) / Brigeacis / Laelius / P(h)ainus / u(otum) s(oluit) m(erito). El adjetivo está formado sobre la voz celta briga y el sufijo -ko.

Dioses indígenas de carácter desconocido son Aiorogato: Ai·io / rogato. L(ucius) /
Aemilius / Quartio / Lapidarius / u(otum) s(oluit) l(ibens) m(erito) en Peñalba de Castro; Vuarnae en Miranda; Vuarnae / pro salute / Estiteri f(ecit)... / Anto(ni)/us Flauos I
Aeuiensi(s).
En Sigüenza se ha hallado un dios, bien conocido en la religión celta. La lectura de la inscripción es como sigue: Arconi Pompeius Placidus Meducenicum u(otum) s(oluit) l(ibens) m(erito). El nombre del dios es frecuente como nombre de persona en Hispania (CIL II, 671, 948, 2615, 5223, 5307, 6336a; EE IX, 32, p. 22). La diosa es la misma citada en una inscripción votiva del país de los Tréveros, en Bollendorf, en la que se lee Artioni Biber (CIL XIII, 4113); en esta misma región vuelve a aparecer bajo la forma Artio (CIL XIII, 4203), y en Germania Superior, en Hedderheim bajo la forma (A)rtioni (CIL XIII, 7375). En un bronce de Berna la diosa se encuentra sentada delante de una osa y la inscripción dice: deae Artioni. La diosa Artio tuvo también un primitivo estado teriomorfo. Esta diosa ursina es un aspecto muy concreto del culto al oso. Una serie grande de teóforos de nombres y de lugares atestiguan entre los celtas este culto; con él hay que relacionar ciertas prácticas mágicas de la Península, que tienen por protagonista al oso como la descrita por Plinio (NH VIII, 130): cerebro beneficiuminese Hispaniae credunt, occisorumque in spectaculis capita cremant testato, quoniam potum in ursinam rabiem agat.
En Valtierra, a 20 Km. de Alcalá de Henares, se encontró un ara dedicada a las Nimphae Varcilenae, que dice: L(ucius) I(ulius) Rufinus / Nimphis / Varcilen(i)s / u(otum) s(oluit) l(ibens). El adjetivo de Nimphis se explica por el topónimo Varciles, próximo a donde apareció el ara, que lleva el sufijo en.
Consagradas a Epona hay dos inscripciones: una procede de Lara de los Infantes: Epon(ae) Rennius Pat(ernus).
u(otum) l(ibens) s(oluit); la segunda de Sigüenza: Eponae s(acrum?)... Secundus u(otum) s(oluit) m(erito); una tercera de Loncejares, Epan(a)e.
Las fuentes son sumamente parcas en ofrecernos datos sobre la región de los celtíberos y pueblos vecinos; algo se puede espigar en ellas, como la existencia de sacrificios colectivos. En el año 145 a. C. Viriato cayó sobre los habitantes de Sego-briga, cuando hacía uno de estos sacrificios colectivos: Viriathus, cum tridui iter discendens, conjecisset, idem illud uno die remensus securos Segobrigenses et sacrificio cum maxime occupatos oppresit (Front. III, 11, 4). Se ignora el rito y la particularidad de estos sacrificios. Posiblemente estos sacrificios colectivos iban precedidos de comidas, Floro (1, 34, 12) escribe de los numantinos: compulsi primum ut destinada morte in proelium ruerent, cum, se prius epulis quasi inferis impleuissent carnis semicrudae et caeliae. En un fragmento pintado de cerámica recogida en Numancia se representa una escena de sacrificio. Aparece un varón, cubierta la cabeza con alto peinado cónico, que sostiene en su mano izquierda una figura de barro, que B. Taracena cree ser una imagen de algún dios, mientras dirige su derecha al altar, sobre el que hay unas aves, a las que una segunda persona acerca un cuchillo.
Del hecho de que las fuentes literarias que narran la guerra de Numancia nunca mencionen sacerdotes parece deducirse que los celtíberos son como los germanos descritos por César, de los que escribió el Dictador (BG VI, 21); neque druides habent qui rebus diuinis praesint. Sin embargo Tácito (Germ. X-XI, XL, XLIII) menciona los sacerdotes en Germania. No se conocen entre los celtíberos la existencia de grandes templos ni de imágenes. Los bosques, como entre los germanos (Tac. Germ. IX), eran los lugares de culto, sin duda.
Diodoro (V, 34, 1) alude, en general, a los dioses de estos pueblos, al igual que Floro (1, 33, 14), al escribir que Olíndico en el año 170 a. C. qui hastam argenteam quatiens quasi caelo missam uaticinanti similis omnium in se mentes conuerterat. J.
Ramos Loscertales ha caído perfectamente en la cuenta de la importancia del texto de Diodoro y de su significación: que atestigua la práctica de la hospitalidad instituida por medio de una convención, sino la impuesta por las divinidades populares, y por la costumbre de las gentes, un hospitium, de origen e índole religiosos y sociales a la vez. Del hecho de que en el año 152 a. C. a Marcelo le enviasen los nertobrigenses un heraldo cubierto con piel de lobo (App. Ib. 48), parece deducirse la existencia del dios Sucellus, dios nocturno, cuyo emblema era entre los galos la piel de lobo, dios de carácter civilizador, que representan varios bronces de Hispania, procedentes de Puebla de Alcocer (Badajoz), de Villaricos y de la Hispanic Society de Nueva York, éste proce- dente de la antigua colección Vives y que quizás también se represente en la cerámica de Azaila en las pinturas de hombres con martillo.
Cicerón (de nat. deorum 1, 84) habla de un dios hispano equivalente a Vulcano; el orador latino no puntualiza, pero tenía que ser venerado entre los pueblos dados a la forja del metal, como los celtíberos (Phil. Mech. Synt., IV-V; Suid. machaira; Diod. V, 33, 3-4; Liv. VII. 10, 5; XXX 1, 34, 4; Pol. fragm. 95; Gel. NA IX, 13, 14): at primum quot hominum lingua tot nomina deorum; non enim ut Uellius quocumque ueneris sic idem, in Italia Volcanus idem in Africa, idem in Hispania.
En Celtiberia, como entre los galos (Ael. Lampr. Alex. Seu. LX, 6; Fl. Vop. Aurel XLIV, 4-5; Car. XIV-XV), germanos (Tac. Germ. VIII) y cimbrios (Str. 7, 2, 2), vaticinaban las mujeres, al igual que los hombres, como se desprende de un pasaje de la vida de Galba, de Suetonio (Galba IX, 2): nam et mandata Neronis de nece sua ad procuratores clam missa deprehenderat et confirmabatur cum secundissimis auspicis et omnibus, tum uirginis honestae uaticinatione, tanto magis, quod eadem illa carmina sacerdos Iouis Cluniae ex penetrali somnio monitus eruerat ante ducentos annos similiter a fatidica puella pronunciata quorum carminum sententia erat, oriturum quandoque ex Hispania principem dominumque rerum.
En Numancia existió también un culto al toro, como lo demuestran las pinturas en que este animal va lleno de signos astrales, las figuras sobre la cerámica, catalogadas por R. de Apraiz , con danzas rituales vinculadas a su culto, también representadas dos veces en dos fragmentos de cerámica numantina, en los que un hombre corre con cuernos enfundados en los brazos. Se trata de un culto muy propio de poblaciones ganaderas, como los celtíberos.
Los celtíberos llevaron su religión a la región comprendida entre los ríos Guadalquivir y Guadiana según Plinio (NH III, 13), que toma la noticia de Varrón: celticos a celtiberis ex Lusitania aduenisse manifestum est sacris, lingua, oppidorum uocabulis, quae cognominibus in Baetica distinguntur. La confirmación arqueológica de esta frase son las recientes excavaciones de A. Blanco en Riotinto.
Entre los vacceos la divinidad principal era la luna, como entre los Germanos (Caes. BG VI, 21, 1) y en el Lacio (Ovid. Fast. III, 883; Caer. Praen. CIL I, 2, 212, 234, 314; Varr. De IL. V, 68; Hor. Carm. IV, 6, 38; Macr. Saturn. III, 8, 3), como se desprende de la narración de Apiano (Ib. 82), que cuenta que en el año 136 a. C. E. Lépido sitió la ciudad de Palantia, de la que los romanos se retiraron por falta de víveres, cuando los habitantes de Palantia supieron la fuga les atacaron, y sólo por un eclipse de luna que les pareció prohibición de su dios, la luna, logró salvarse el ejército romano. La luna era también venerada en Galicia [-141→142-] (Ptol. II, 5, 3). Signos astrales hay representados frecuentemente en la cerámica de Numancia, pero no se puede afirmar que existiera un dios de carácter astral.
RITO FUNERARIO
Silio Itálico (III, 341-343) considera rito propio de los celtíberos el dejar los cuerpos de los guerreros a la intemperie para que los despedazasen los buitres: His pugna cecidisse decus, corpusque cremari tale nefas. Caelo credunt superisque referri, impastus carpas si membra iacentia uultur. Eliano (De nat. ann. X, 22) hace extensivo este rito a los vacceos y añade que los buitres son animales sagrados. Este rito es propio de los pueblos de tendencias pastoriles como los celtíberos. Se documenta entre los persas (Her. 1, 140, 1; III, 16, 2) y es contrario a lo que las fuentes aseguran de fuera de Hispania (Diod. V, 28, 6). Lucano (Fars. 1, 454-458) sobre las creencias de la vida de ultratumba de los celtas escribe: uobis auctoribus umbrae non tacitos Erebi sedes Ditisque profundi pallida regna petunt, regit idem, spiritus artus orbe alio; longae; canitis si cognita, uitae mors media est ... y César (BC VI, 14, 5): im primis hoc uolunt permadere, non interire animas, sed ab aliis post mortem transire ad alios, atque hoc maxime ad uirtutem excitari putant, metu mortis neglecto.
La confirmación arqueológico de la encuentra. Taracena en el hecho de que en Numancia no han aparecido necrópolis; unos montones de piedra servían para la expo-sición de los cadáveres. Dos fragmentos de cerámica representan a dos guerreros caídos y a dos buitres volando hacia ellos, en una estela de Lara de los Infantes se observa el mismo tema, que vuelve a aparecer en la estela de Zurita.
En las estelas de La Bureba, Burgos, de forma de casa, posiblemente se tenga, como en la Etruria arcaica, en Roma, en Egipto, en la época paleocristiana, en Galia y entre los mediomátricos, la creencia de que la tumba es la morada de los difuntos.
En una estela de Clunia, se representa un tema funerario: el bóvido mordido por un felino, en la otra cara un jinete marcha con lanza y escudo redondo; el mismo tema se documenta en la pátera de Tivisa, también con carácter funerario.
En un grupo numeroso de estelas de Lara de los Infantes se representa el banquete fúnebre. En algunas de estas estelas el simbolismo funerario es más claro, por haber debajo arcos de herradura, también aparece la guerra con sentido funerario, al igual que la caza. Alguna de estas estelas lleva en la parte inferior dos prótomos equinos, que refuerzan el sentido funerario de la escena de caza; el caballo con sentido funerario se documenta en Hispania, al igual que en Etruria, en Grecia y en el resto del Mediterráneo. En tres estelas de Clunia se representan guerreros con varios escudos, alusivos a los enemigos muertos en la lucha. Una de ellas lleva el nombre teóforo de Lugesterico.
En cuatro estelas de Lara de los Infantes aparece un jinete con lanza; quizás alude a una escena de caza o de guerra, ambas representadas en la temática funeraria, de Lara de los Infantes. Posiblemente no se puede hablar en estas estelas de heroización. Lo verdaderamente interesante es que se trata de estelas indígenas, algunos de cuyos temas funerarios los recibieron de Roma seguramente, como los del banquete, caza y guerra. Tienen generalmente signos astrales y otra simbología funeraria, que indica una concepción astral de ultratumba, como se deduce de los textos mencionados de Silio Itálico y Eliano, bien estudiada por A. García Bellido y no privativa de estas regiones.
José María Blázquez

sábado, 5 de junio de 2010

Mitos y leyendas de Cantabria. La noche de San Juan: fuego, magia y diversión

La noche siempre ha sido el principal momento para situarnos ante el misterio y la celebración; es un espacio verdaderamente mágico. Pero si de noches singulares hablamos, pocas tan señaladas como aquella que siendo la más breve del año está llena de enormes y numerosas connotaciones que la hacen una cita obligada para cada uno de vosotros. Sin lugar a dudas diréis que "a buenas horas mangas verdes", pues tocamos el tema cuando ya ha pasado esta noche. Verdaderamente no os falta razón y entono el mea culpa, ya que las previsiones no siempre se cumplen. Como con total seguridad en San Juan habéis disfrutado como se merece la noche más luminosa del año, ahora es tiempo para descubrir algunos pequeños misterios que se encierran en este excepcional festival ígnico.
Los festivales o celebraciones que tienen como centro el fuego son muy numerosos a lo largo de todo el año, extendiéndose por cada uno de los rincones de la vieja Europa, sin embargo varias ocasiones son las que concentran un mayor número de estas fiestas rituales: los equinoccios y solsticios son estos momentos, siendo especialmente los últimos los más prolíficos. El solsticio astronómico no siempre coincide con la fecha en la que actualmente celebramos San Juan, siendo habitualmente el 21 de junio el día del solsticio astronómico, concretamente este año tuvo lugar a las 3.48 de la madrugada que discurría entre el 20 y el 21 de este mes. El fuego es el principal representante del astro solar en la tierra por lo que si el culto al sol está muy extendido, ni que decir tiene que los rituales que tienen al fuego como protagonista son innumerables. La hoguera de San Juan se enmarca dentro de las celebraciones que tienen como centro el solsticio estival y constituyen el comienzo de un tiempo fundamental para la subsistencia de las sociedades antiguas y modernas, puesto que es el momento de la recolección de las cosechas. Como en tantas otras ocasiones han alcanzado gran fama las fiestas de San Juan que se celebran lejos de nuestras fronteras montañesas, pero nos olvidamos terriblemente de la importancia que esta noche ha tenido en Cantabria. El fuego es un elemento purificador, liberador y regenerador, desde antiguo se apelaba a él para librase de numerosos males, desde la brujería pasando por los malos espíritus hasta las plagas sobre las cosechas. También posee el fuego la facultad de ahuyentar al rayo, el granizo o las tormentas, como vemos son en ocasiones los propios elementos los que se creen de utilidad para librarse de otros fenómenos. Las ramas quemadas en los festivales de fuego se solían guardar en las casas, al creerse que se preservaba así al hogar del poder destructivo de las llamas. Cuando en los diversos lugares de Europa aparecían epidemias que atacaban a los animales domésticos como la vaca, el caballo o el cerdo se encendían un tipo de fuegos que se denominan de auxilio.
Son cuantiosos los pueblos que encienden hogueras y hacen pasar por delante de ellas a toda la cabaña del pueblo, en un afán purificador. En Cantabria existe, como en otros muchos lugares, la costumbre de saltar la hoguera en esta mágica noche, práctica de la cual nos dan noticias muchos autores de la antigüedad, entre ellos Ovidio. Saltar sobre las hogueras, pisar las cenizas aún candentes, danzar a su alrededor, hacer pasar junto a ellas a la cabaña o llevar el fuego por los campos de cultivo del pueblo para purificar la cosecha, son prácticas que aún hoy se conservan en ciertas zonas europeas y, por supuesto, en Cantabria, el sol de San Juan quita el reúma y alivia el mal. En la noche de San Juan se intenta que el sol brille con fuerza durante la estación que comienza para facilitar la maduración de los frutos y la recogida fructífera de las cosechas. Es, por tanto, el astro el principal protagonista.
Pero de nuevo nos encontramos ante una gran paradoja, identificamos una fiesta profundamente pagana con un Santo del mundo cristiano, que si con algo puede relacionarse es con otro elemento básico como el agua, (sobre manera cuando según dice el adagio popular Agua de por San Juan, quita vino y no da pan). En este sentido nos enfrentamos claramente ante la cristianización de un ritual con numerosos adeptos en el mundo pagano que se encontraron aquellos primeros apóstoles, que soportaron la difícil labor de conducir a la conversión a aquellas gentes que eran vistas como bárbaras. En esta fecha se supone que se conmemoraba el nacimiento del Bautista, curioso cuando habitualmente es la muerte la que se marca en el calendario festivo cristiano. Aunque la distancia entre el fuego y el agua es clara, ambos son elementos purificadores y básicos en cualquier ritual.
Durante el desarrollo de esta fiesta se aprovechaba para cortejar a las mozas de cada uno de los pueblos, pues existía la costumbre de enramar, colocar ramas de chopo o aliso de bella estampa en la ventana de aquella moza que se quería honrar, siendo interesantes las disputas entre las jóvenes por quién de ellas tenía el ramo más hermoso; además no termina ahí el ritual floral, sino que en el centro del pueblo se suele colocar un gran ramo o incluso un árbol, al estilo de la celebración de la Maya. Pero en esta noche se ha de tener verdadero cuidado y no despertar las iras de los elementos, pues los conocidos Caballucos del Diablo no descansan nunca y están al acecho. Las leyendas de nuestra tierra otorgan a estos personajes la facultad de aguar la fiesta a los danzantes y a quienes se reúnen alrededor del fuego. Son tres caballos alados que de manera rauda, veloz e imprevisible se deslizan por los cielos bramando terriblemente y aterrorizando a todo el que se encuentran. Sin embargo Manuel Llano renueva con su particular estilo la leyenda hablando de siete caballucos del diablo, cada uno de un color y todos dirigidos por el rojo. Dice que echaban babas de oro y que quien las encontraba se hacía rico, pero cuando la fatal hora le llegara pasaría directamente al infierno. Sus "crines de azabache", que dice A. G. Lomas, se dibujan en el aire y se esfuman entre la niebla nocturna. Por su boca lanzan llamaradas provocando la destrucción y el caos. La Anjana, el hada buena de la Montaña que nos protege de todo mal, no puede hacer nada frente a ellos. Sólo existe una solución para evitar que caigan sobre alguien y le otorguen mal para todo el año: un trébol de cuatro hojas. Esta planta ha de buscarse afanosamente, pues hay pocas, ya que la noche anterior los caballucos han pacido todas las que han encontrado, aunque nunca pueden terminar con ellas. Si consigues el preciado amuleto podrás salir a disfrutar de la fiesta sin ningún temor, por ello los mozos buscan con esmero la verbena o yerbuca de San Juan. No son pocas las gentes que aún hoy día buscan el rocío de esta madrugada para pasear descalzos sobre él y lograr salud. "Si cortas la yerbuca de San Juan te librarás de culiebra y de todo mal"
Juan Carlos Cabria

lunes, 31 de mayo de 2010

Mitos y leyendas de Cantabria. Cristianismo y mitología, un singular sincretismo

Como hemos podido comprobar en numerosas semanas, la mitología no es una estructura monolítica sino que al igual que la propia mente del hombre evoluciona, gira, retrocede, se estanca y cambia, adoptando un sin fin de formas; es algo vivo y sujeto a continuos cambios.
La mayor parte de lo que actualmente consideramos como religiones, llenas de dogmas, ritos, símbolos y de connotaciones mistéricas, en un principio fueron simplemente supersticiones que encontraron arraigo en los diversos pueblos del mundo antiguo. Es bastante difícil encontrar el punto de separación que existe entre la mitología y la religión; en muchas ocasiones la línea divisoria es realmente fina, casi imperceptible. Sin embargo, desde el principio de los tiempos los hombres tuvieron creencias, dudas, miedo ante el futuro y sorpresa frente a los elementos, de una u otra manera éste fue el origen de lo que conocemos como religiones y que compone gran parte de los mitos y ritos de las sociedades antiguas y modernas. Actualmente casi todos los que investigamos sobre ese mundo antiguo lo hacemos desde una perspectiva que dista mucho de ser objetiva. En gran medida estamos influenciados, sin apenas percibirlo, por todo un complejo mundo cultural que nos nubla con gran fuerza. El mundo occidental, que actualmente ejerce su poder hegemónico sobre el resto del globo, está teñido por el barniz de una visión del planeta que tiene mucho que ver con el cristianismo, en cada una de sus diversas variantes.
Las religiones o las concepciones mitológicas antiguas fueron perdiendo su vigencia a medida que su poder social, político y militar fue decayendo, todo ello provocado en cierto modo por la mano del imperio romano, que poco a poco adoptó el cristianismo como religión oficial. Aquello que no era cristiano se denominó pagano, y fue considerado signo de incivilización y barbarie. Todo lo que es desconocido o lo que no se entiende es en muchos momentos rechazado por el mundo dominante. Un buen ejemplo lo encontramos en una palabra que acabamos de mencionar: bárbaros; éste es un término que se aplicaba en un primer momento por parte de los griegos a aquellos que eran extranjeros. En principio no era despectivo sino que indicaba a aquellas gentes que hablaban otra lengua no helénica y que los griegos asociaban con el fonema -b-, una de los primeros sonidos en ser articulado por los niños. Es decir, bárbaros eran los que hablaban con -ba-, lo cual con el tiempo se transformó, adquiriendo un sentido de carencia de civilización y de salvajismo, al prevalecer la visión del mundo de la civilización grecorromana. Algo muy similar sucedió con el cristianismo, el cual triunfó en una sociedad como la romana que ejerció su dominio sobre Europa durante largo tiempo. Pero este éxito del cristianismo tiene otros muchos secretos, algunos de los más importantes son los que le enlazan con el mundo mitológico de pueblos como el cántabro. Las creencias ancestrales de un pueblo como el nuestro no podían ser aplastadas de la noche a la mañana sin que quedara ningún rastro. El cristianismo fue mucho más sutil e inteligente, no intentó en un principio aniquilar el resto de creencias, sino que utilizó el sincretismo como vehículo para ganarse la adhesión del pueblo. Así el cristianismo fue absorbiendo ritos, fiestas y tradiciones autóctonas presentándolas como propias y evitando el rechazo de los lugareños. De todos es sabido que la nueva religión tardó bastante tiempo en abrirse paso en nuestra región, al contrario que en otros lugares. Esta difícil incorporación fue causada, principalmente, por el profundo arraigo de las creencias tribales que aún tenían lugar en Cantabria en aquel tiempo medieval y que en cierto sentido no se han perdido del todo. En el ambiente rural cántabro, la superstición y el paganismo están presentes en numerosos momentos de la vida cotidiana actual.
Muchas de las fiestas que al día de hoy tienen lugar en nuestra región y que poseen una denominación que la asocian con un santo o una virgen no son más que una máscara bajo la que se esconde un ritual pagano y realmente antiguo. Más de lo mismo ocurre con la reutilización que se hizo de elementos de otras religiones que fueron incorporados a las nuevas creencias. Como hemos comentado, no son sagrados los templos sino que lo son los lugares, por ello no es de extrañar que en aquellos enclaves en los que existió un lugar de culto cántabro o un posterior templo romano se elevara una iglesia o ermita cristiana: Julióbriga o las ermitas de Barros o Lombera dan testimonio de esta reutilización de los elementos paganos. Como también hemos comprobado las montañas recibieron culto durante mucho tiempo y posteriormente fueron el lugar en el que venerar a los dioses celestes. Y no es por tanto una casualidad las numerosas ermitas que se elevan sobre las cumbres de la región, así como las profusas cruces que coronan estas cimas. Como podemos observar las creencias de los hombres varían en cuanto a forma, pero se conservan en esencia.
Durante un largo periodo de tiempo las diferentes creencias convivieron en una unión sin demasiados sobresaltos. Así encontramos en algunas iglesias de Cantabria dos simbólicos árboles que se sitúan junto al templo, un olivo símbolo del cristianismo y un tejo, inequívoco representante de las creencias autóctonas de la montaña. Uno de los templos que mejor reflejan esta constante dicotomía es el de Santa María de Lebeña, el cual merece ser visitado. En el camino de entrada al templo podemos observar el enorme tejo que se eleva hacia las cumbres europeas; un poco más adelante y a mano derecha se emplaza el olivo que nos ubica frente a la cristiandad. Como es lógico pensar, esta cristianización no es exclusiva de nuestra región, sino que extiende sus tentáculos por todo el universo europeo, prestando especial interés a aquellos aspectos que el universo celta consideraba más importantes. Tanto es así que existen corrientes destinadas a dar una explicación lógica a acontecimientos como son las invasiones míticas de Irlanda o la mismísima creación. Toda esta elucubración tiene a un interesante personaje como iniciador, Evemero, y a esta corriente que incluso intenta poner fecha a los acontecimientos míticos como evemerismo.
La semana que viene haremos un alto especial entorno a la celebración de San Juan, fiesta que encarna especialmente esta unión entre el paganismo y la cristiandad, y que ostenta un impresionante cúmulo de símbolos que son verdaderamente curiosos e imprescindibles para un disfrute global de la llegada del Solsticio de Verano.
Juan Carlos Cabria

viernes, 28 de mayo de 2010

Mitos y leyendas de Cantabria. Los mitos de los antiguos cántabros, base de la mitología "oficial"

Durante semanas hemos podido recorrer, descubrir y disfrutar de un mundo como el cántabro, un mundo que desde su componente mítico nos ha cautivado, revelando muchos de sus más intrincados secretos, resguardados en mitos, dioses, cultos y en un sinfín de rituales. Sí, todo lo que hemos visto es mitología y también religión, pues el límite entre una u otra es realmente pequeño, en ocasiones imperceptible. Durante siglos hemos conocido panteones divinos como el griego, el romano, incluso el céltico o germánico; sin embargo, en nuestra propia tierra poseíamos un inestimable elenco de divinidades, fruto del desarrollo de una sociedad tan especial como la que se formó en la antigua Cantabria en el primer milenio antes de Jesucristo.
Paradójicamente cuando se hablaba de mitología cántabra no eran estos dioses los protagonistas, ni siquiera ahora lo son en un buen número de publicaciones. Si al tratar la mitología griega o latina siempre nos vienen a la cabeza, los maravillosos trabajos de Heracles, los amores de Zeus, o el poder guerrero de Marte, la inteligencia de Atenea..., ¿por qué cuando se habla de la mitología cántabra son únicamente los personajes populares como los conocidos Trasgo, Trenti o Tentirujo, por ejemplo, los que cobran el protagonismo? Por supuesto que estos otros personajillos son realmente interesantes e importantes, y a ellos vamos a dedicar a partir de ahora gran parte de nuestro espacio semanal, no obstante sería demasiado reduccionista limitarnos a ellos cuando nuestros mitos abarcan un sinfin de campos como hemos podido comprobar. ¿Acaso no es ya mítico Laro o Corocotta? Son verdaderos héroes de nuestra cultura y tradición que han de ocupar un importante espacio tanto en la historia como en el mito, porque evidentemente el origen de todos los pueblos está lleno de mitos que con el tiempo se van convirtiendo en históricos, pero que en su germen no son más que leyendas que sirven para dotar de fuertes vínculos a los individuos, creando de esta singular forma las señas de identidad colectivas. ¿O acaso no tienen un ilimitado componente mítico personajes con Don Pelayo, el Rey Arturo o el mismísimo Cid Campeador? Así se forja la historia de los pueblos, y la nuestra también, ¿por qué renunciar a ella e inventarnos nuevos mitos o héroes cuando tenemos los que nosotros y nuestros antepasados hemos generado? Los lugares que abarca la mitología con sus largos tentáculos son realmente vastos, siendo necesarias muchas líneas para escrutar cada uno de ellos.
Espero sinceramente que de esta dilatada travesía por el mundo de los cántabros hayáis extraído conclusiones que os otorguen aún más motivos para disfrutar de todos los aspectos que nuestra querida tierra nos ofrece, como si de un sincero regalo se tratase. Sin embargo, a pesar de lo que estas palabras pudieran parecer, no termina aquí nuestra travesía, ni mucho menos, es éste tan sólo un pequeño descanso para tomar resuello en este extenso camino, con la intención de recapitular y hacer un pequeño balance. El contacto con el mundo de la antigüedad de Cantabria no ha concluido, sino que estamos ante un punto y seguido, pues difícilmente podríamos aventurarnos en el mundo de los personajes que en las próximas semanas serán los protagonistas sin haber conocido algunos aspectos presentes en aquel cercano tiempo pretérito.
Los personajes, de enorme interés, pero no únicos participantes de la mitología cántabra, hunden sus raíces en la tradición que la región arrastra desde los más remotos tiempos. Cuando hojeamos un libro de mitología únicamente cobran importancia seres como los ojáncanos, anjanas o un buen número de brujas, limitándose a presentar leyendas o historias, recogidas en aldeas, o las más de las veces inventadas por los propios autores, historias que pasan a engrosar el capítulo de esos personajes como si de verdaderos relatos fruto de la tradición popular se tratasen. Aunque esto no es malo en sentido estricto, la tradición es la consecuencia de un largo recorrido por las diversas generaciones, las cuales han ido configurando con esmero relatos que en ocasiones se desvirtúan de un plumazo mediante narraciones dedicadas únicamente a niños con intención sólo de entretener y no de formar.
Estos personajillos responden a un formato que encontramos en gran parte de los países europeos de una u otra manera, gigantes y enanos se suceden en una larga lista de nombres que sirvieron para explicar lo inexplicable. Y aunque estos personajes son realmente un punto de enganche para las generaciones futuras, esto no quiere decir que no puedan ser vistos desde un punto de vista evolutivo, al encontrarnos ante los herederos de un buen número de tradiciones míticas. Así, por ejemplo, difícilmente podríamos aventurarnos a entrever el verdadero sentido de una Anjana si no nos remontamos al estudio de las divinidades del mundo antiguo, encontrando en Dana, Diana o el propio Jano referentes de incalculable valor. Sin embargo, estas buenas hadas son representadas como simples objetos de una mitología vacía y simplona, hermana pobre de los grandes panteones mitológicos que ostentan otras sociedades. Pero como podemos acreditar tras un nombre o un personaje como el mencionado se esconde una increíble telaraña de símbolos que quizá den explicación a un sin fin de representaciones que encontramos todavía en el mundo del siglo XX, y que sin duda perdurarán en el del siglo XXI.
Pero si hasta ahora creo han sido interesantes las narraciones que os hemos transmitido, es el momento oportuno para hacer especial hincapié en las ilustraciones que Paco Díaz ha realizado con su particular y singular saber hacer. Mediante estos dibujos todos hemos podido reconocer en imágenes lo que significaban unos mitos, supersticiones o ritos de los que carecemos en buena medida de imágenes o grabados, pero que mediante el certero trazado de Paco hemos podido contemplar con su peculiar e imaginativo punto de vista. La mitología es una palabra dura y que pudiera llevar al abandono de la lectura de una página que tiene como título este epígrafe, sin embargo mediante estos dibujos se contribuye a acercar los sesudos estudios a quienes comienzan a intrincarse en este paraíso mítico. Desde aquí mi más sincero reconocimiento por una labor que continuará ilustrándonos en semanas sucesivas. Ojáncanos, anjanas, trasgos, fiestas, supersticiones, duendes del hogar y del campo, brujas, sierpes, y animales de todo signo, irán llenando estas líneas con un cúmulo de historias que nuestra región y sus habitantes han sabido conservar con especial cariño, y a las cuales no estamos dispuestos a renunciar de ninguna de las maneras. Pero estos personajes no estarán solos, incorporaremos como hasta ahora seres de otros países y culturas que contribuyan a despejar incógnitas y deshacer entuertos, abriéndonos el camino hacia la comprensión y mostrándonos que la diversidad intercultural es un valor añadido para este mundo que nos ha tocado vivir.
Juan Carlos Cabria

martes, 25 de mayo de 2010

Mitos y leyendas de Cantabria. El sacrificio, via de unión con la divinidad

Las relaciones que el hombre mantiene con la divinidad son muy diversas. Los intentos por conectar con el mundo de los dioses van desde la propia oración hasta el desarrollo de un sin fin de ritos. Entre todo este elenco de actividades que ponen al hombre en relación con lo sacro encontramos un protagonista muy destacado: el sacrificio. Desde tiempo inmemorial el hombre consideraba que su situación ante los dioses era sin lugar a dudas lo bastante precaria como para intentar aplacar la ira de aquellos a quien consideraba como verdaderos guías de su destino. Se estimaba que el hilo de la vida estaba totalmente sometido a la voluntad divina, por lo que era necesario estar a bien con la divinidad ante la realización de cualquier tipo de actividad. Uno de los principales vínculos de unión con el mundo de la religiosidad ha sido aquél que suponía al ser humano un verdadero esfuerzo personal, lo que se interpretaba como un significativo empeño por agradar a las fuerzas celestes. La precaria situación del hombre ante la naturaleza le obligaba a no enfurecer todavía más a poderes que no podía controlar, ni en muchas ocasiones entender.
El sacrificio constituye un trabajo de inestimable valor por situar al hombre al lado de los dioses y no frente a ellos, en una confrontación en la que los mortales poco tienen que ganar y sí mucho que perder. En este sentido el sacrificio tiene muchas caras, un buen número de formas y un amplio espectro gradual. Cada divinidad exige un tipo de sacrificio, y cada actividad va ligada a un ritual. Cuanto más elevada sea la empresa que se quiere realizar o por la cual se desea agradecer el buen resultado, mayor ha de ser la ofrenda que se llevará a cabo. Un sacrificio ha de constituir para el oferente un verdadero derroche pecuniario acorde con su condición, de no ser así poco útil va a resultar éste.
Las sociedades antiguas hicieron del sacrificio un infalible ritual que unía indefectiblemente al hombre con los poderes divinos. El maravilloso y complejo mundo de los cántabros no escapa a esta práctica. Algunas de las principales noticias que a través de los autores grecolatinos conocemos nos remiten a la práctica de sacrificios. Como hemos podido ver a lo largo y ancho de muchas semanas, es nuestro pueblo heredero de una compleja sociedad en la que el rito evolucionó al mismo tiempo que se fue complicando el tipo de sociedad. Los cántabros fueron una colectividad que pusieron especial énfasis en la lucha guerrera, lo que como ya hemos comentado, no tiene que ser considerado símbolo de primitivismo o barbarie. Al tener la actividad bélica un tremendo peso y requerir un gran esfuerzo, el ritual y sacrificio que conlleva tienen que gozar de un alto grado de importancia. Es el combate un contínuo contacto con la negra parca, un deambular por los límites del abismo; vida y muerte se entrelazan de manera inexorable. La propia actividad guerrera de los cántabros nos invita a pensar en ella como un sacrificio del guerrero en beneficio de un estilo de vida que no quisieron abandonar. La propia actitud con la que los cántabros se presentaban ante el combate indica que el miedo no se encontraba en su particular diccionario, especialmente ante la idea de la llegada a un Más Allá en el que unirse a la gloria de sus aguerridos y gloriosos antepasados. La misma muerte es un sacrificio por su pueblo. La exposición de los cadáveres de los caídos en el campo de batalla para que las aves carroñeras los acompañen al otro mundo es un significativo ejemplo del sacrificio entendido a la manera de este pueblo. Era la denominada devotio, un singular sacrificio, una práctica mediante la cual las cofradías guerreras unían su destino al de su guía o jefe.
A través de los relatos de los historiadores conocemos esta práctica entre los cántabros, gentes que prefirieron inmolarse en la lucha antes que sobrevivir a su caudillo. Tampoco obviemos que las madres cántabras prefirieron sacrificar a sus hijos antes que caer en las manos de los invasores.
Una de las actividades más conocidas entre las tribus cántabras es aquella que dio fama a una tribu como la de los concanos, transmitida por medio de los imperecederos versos de un excelente poeta como Horacio:
Utcumque mecum vos eritis, libens
insanientem nauta Bosphorum
temptabo et urentis harenas
litoris Assyrii viator,
visam Britannos hospitibus feros
et laetum equino sanguine Concanum,
visam phaeretratos Gelonos
et Scythicum inviolatus amnem.
Odas III 4.v29-36.
(Siempre que vosotros estéis conmigo, con gusto afrontaré como navegante la locura del Bósforo, y como caminante las abrasadoras arenas de la Costa Asiria, veré a los Britanos, feroces con los forasteros y al Concano que le agrada la sangre del caballo, iré a ver a los Gelonos que llevan aljaba y al río Scitia, indemne.)
Los concanos bebían sangre de caballo lo que a los romanos, además de chocante, les parecía un significativo signo de barbarie, aunque quizá no eran los poderosos latinos los más ejemplares para adjudicar calificativos a otras gentes. Esta práctica de los concanos ha de ser vista como un rito sacrificial más que como una práctica alimenticia para recetas de gastronomía, que han apuntado algunos autores. Era el caballo uno de lo principales exponentes del poder cántabro, ineludible compañero de sus guerreros, lo que hace que sea un ser verdaderamente querido y apreciado. Esta importancia implica que su sacrificio sea especialmente relevante. El sacrificio de caballos o de machos cabríos estaba destinado especialmente al dios de la guerra, quien no en vano aglutinaba gran parte del ritual. Sin embargo, de los testimonios de otros pueblos como los celtas o los germanos, que en cierta medida tienen gran relación con las actividades de los cántabros, podemos considerar que el sacrificio humano no ha de ser desestimado en absoluto. Un pueblo que ponía tal énfasis en la guerra y en la conservación de un estilo tan particular de vida, no es extraño que llevara al extremo el sacrificio ritual. Entre los celtas encontramos en el arte numerosas representaciones que nos muestran la práctica de las cabezas cortadas procedentes fundamentalmente de los prisioneros hechos en las numerosas contiendas.
Juan Carlos Cabria

jueves, 20 de mayo de 2010

Mitos y leyendas de Cantabria. La impronta romana en nuestra mitología

A lo largo de muchas semanas hemos podido comprobar todo lo que el mundo de la península itálica ha aportado a la cultura que hoy podemos denominar como cántabra o montañesa. Algunas de las aportaciones son de verdadero interés, mientras que otras no son de relevancia. No podemos obviar la influencia de los conquistadores romanos en la cultura regional, influencia que se extiende en diversos campos, como es evidente para todos aquellos que todavía sean capaces de discernir la verdadera realidad histórica y cultural de nuestro país. Aunque éste no es el lugar ni el momento, no puedo evitar mencionar la progresiva demonización de idiomas como el latín y el griego, verdaderos vehículos de conocimiento y no simples idiomas muertos, sino malheridos. En cada uno de los rincones de nuestras casas, de nuestras ciudades y de todas y cada una de nuestras vidas existe una huella indeleble de aquel mundo que partió de una mísera aldea y que supo extender sus brazos a lo largo y ancho del universo conocido. Puede que prefiramos omitir esta influencia y dedicarnos en exclusiva a una modernidad que debe más de lo que pudiera parecer a la antigüedad que nos grita cada día con más fuerza, ese será nuestro problema.
La mitología y religión de nuestros antepasados, incluso de nosotros mismos, no es toda ella heredera de este mundo itálico, sin embargo persiste en esta maravillosa sociedad un sustrato que ha perdurado y que se ha transformado a lo largo del tiempo. Nuestros mitos, como estamos viendo, nos son puros, inmaculados y únicamente herederos de ellos mismos, nada más lejos de la realidad; las influencias exteriores que recibieron son numerosas y enriquecedoras. El elemento celta es patente y evidente, y será motivo de comentario en días venideros. Por supuesto que el componente indígena y autóctono, es decir propio de los habitantes de la vieja Cantabria, es muy importante y digno de mención, configurando gran parte de las singularidades de nuestros cultos y creencias. Pero con todo, el principal elemento unificador de las culturas europeas y por lo tanto de la mitología, es el indoeuropeo. Este sustrato indoeuropeo engloba todas estas influencias, y por supuesto es también el primer configurador del panteón latino. El poder que Roma ejerció sobre nuestra sociedad, especialmente a partir de la conquista, llevó a identificar numerosos de nuestros dioses autóctonos con los latinos y griegos que de una u otra manera tenían parecidas atribuciones. No es de extrañar que denominemos a muchos de nuestros dioses indígenas cántabros con el término romano, a falta del nombre montañés. La carencia de escritura propia de nuestros antepasados así como su debilitamiento progresivo tras la conquista, ha llevado al conocimiento de nuestros ancestros principalmente de la mano de los escritores latinos y griegos. La criba que ha supuesto la pluma de estos autores, ha hecho que conozcamos nuestro propio mundo desde una mirada en ocasiones ajena e interesada. De ahí que sea necesario leer entre líneas y sonsacar en la medida de lo posible la verdadera realidad que se esconde tras cada uno de los renglones que configuran nuestra mitología.
La permeabilidad de la cultura romana, unida a la fácil asimilación de los dioses de los pueblos conquistados, ha facilitado la tarea de recuperar, en parte, la verdadera religión y mitología indígena. Júpiter, Marte, los dioses manes, Neptuno, Apolo, la galorromana y céltica Epona son, entre otros, los ejemplos más plausibles de la mezcolanza de las culturas que tuvieron lugar en Europa y concretamente en La Cantabria. Sin embargo esta influencia es menos profunda de lo que parece, es decir, considero que el poder igualatorio y homogeneizador que supuso la conquista romana en el territorio de Cantabria y en su cultura fueron menos intensos de lo que algunos estudiosos han mostrado. Especialmente porque los testimonios con los que contamos son fundamentalmente de origen o influencia romana, no existiendo, por ejemplo, inscripciones indígenas en idioma autóctono.
El influjo ha progresado y se manifiesta también en las diversas celebraciones que hoy día son protagonistas de nuestras tierras y que hunden sus raíces en el mundo indoeuropeo, pero que sobre todo tienen un buen punto de referencia en las numerosas fiestas que los pragmáticos romanos celebraban sin medida.
Las abundantes estelas que conservamos en la región y fuera de ella, en este caso me refiero a las no discoideas gigantes, son de grafía latina, pero de realización en muchos casos indígena, lo que propicia la adaptación en algunos aspectos de los montañeses. Sin embargo, no es descartable que estas gentes utilizaran las mejores herramientas de los conquistadores para inmortalizar sus creencias o para dar a su manera el último adiós a los difuntos. Mientras que la epigrafía es romana la iconografía, es decir los grabados y dibujos, son autóctonos en un porcentaje muy elevado, si bien con las influencias indoeuropeas antes mencionadas.
Uno de los mejores testigos de la unión y comunión de las prácticas de cántabros y romanos es el culto que ambas sociedades practicaron en torno a las aguas, por ejemplo. Los testimonios que encontramos son numerosos, quizá la pátera de Otañes sea un fiel testigo de esta práctica por parte de los romanos que vivieron en nuestra tierra. Aunque hablamos de cierta influencia de lo romano en nuestra sociedad antigua, no es menos veraz que los pueblos por los que los romanos pasaron dejaron su impronta en ellos. Los cántabros no fueron menos y sus particulares divinidades pasaron a enriquecer el panteón romano, no olvidemos el templo que Augusto dedicó a Júpiter Tonante tras estar a punto de poner fin a sus días un rayo en nuestras tierras.
Aunque no tenía previsto hacer un paréntesis en esta narración, no tengo más remedio que mostrar el entusiasmo que ha supuesto para mí la lectura de un libro que trata el mundo de nuestros antepasados desde un punto global e integral. Cada una de las páginas destila conocimiento y erudición, además de cercanía y un lenguaje de fácil comprensión. En Los Cántabros antes de Roma, editado por La Real Academia de la Historia, su autor, Eduardo Peralta, presenta un verdadero ejemplo de trabajo riguroso para todos los que con mejor o peor fortuna nos dedicamos a la investigación de este mundo antiguo. Aunque no solemos hablar con tanta extensión de libros en este espacio, quienes os acerquéis a su lectura comprobaréis que no exagero al estimar que esta obra es un punto de inflexión en el estudio general de los Cántabros. Desde la obra de Echegaray, Los Cántabros, no he conocido otra de tal interés. Este estudio será desde hoy mismo un punto de referencia imprescindible para todos los que amamos esta tierra. Parte de las ideas que el libro ofrece en asuntos religiosos y mitológicos ya las habéis podido conocer a lo largo de algunas de las páginas de la REALIDAD, puesto que por diversos caminos las conclusiones de su estudio coinciden con lo poco que hayamos podido aportar hasta ahora a este fascinante mundo mitológico. Desde aquí nuestra más sincera felicitación a Eduardo Peralta.
Juan Carlos Cabria

lunes, 17 de mayo de 2010

Mitos y leyendas de Cantabria. Jano, un dios indoeuropeo en nuestra tierra

Jano, quizá a muchos les suene este nombre, y lo asocien con algunas montañas o colinas de nuestra región, si es así, no yerran en su visión. En Cantabria este nombre, o el de Jana, se halla indiscutiblemente asociado a varias montañas, algunas de ellas con una alta carga de simbolismo. El término jano procede en un principio de la voz Fanum, “lugar sagrado”, que con el tiempo fue derivando en otras acepciones. Pese a ser una deidad indoeuropea, no es menos cierto que será en Roma en donde se desarrollará una mayor veneración, convirtiéndose en un importante dios romano y centro de culto en numerosos momentos del año. En la palabra Jano, Ianus en latín, es reconocible la raíz indoeuropea que podemos identificar como “tránsito”, “paso hacia otro lugar”; este significado se encuentra íntimamente ligado con la personalidad del dios y con los atributos que posee. La característica más significativa en la representación del aspecto de este dios, es su carácter doble, es el bien y el mal, lo nuevo y lo viejo, y sobre todo, doble en su aspecto, ya que siempre se le presenta como un personaje bifronte, con dos caras: una imberbe y otra barbuda. Esta dualidad le confiere una extensa visión, ya que no sólo conoce y ve el presente, sino que fundamentalmente rememora el pasado y observa el futuro desde su atalaya omnipresente. No en vano, es llamado varias veces geminus.
Esta admirable propiedad de visión se puede entender perfectamente si nos detenemos un poco en el calendario, que como estamos comprobando a lo largo de muchas semanas, es fuente ingente de información sobre el mundo mítico. Al parecer el tiempo pasa, pero los dioses permanecen o se transforman, y en el cómputo del tiempo tenemos un certero testimonio. El primer mes del año, tal y como hoy se ha constituido el calendario, es enero. Este mes en Latín vienen derivado de Ianua, “puerta”, y así enero es la puerta, el comienzo y la entrada del año, más reconocible en la terminología que adopta este mes en inglés, January, o en leonés, Janero. El antroido es un momento crucial de paso, de tránsito entre lo que se fue y lo que llega, pasado y futuro se conjugan en estas fechas, y es el propio Jano quien preside este cambio. Además este dios es quien apadrina todas las calendas del año, es decir, todos los primeros días de cada uno de los meses del calendario. No eran pocos los rituales en los que al comienzo se invocaba a esta divinidad.
Sí, todo eso está muy bien, pero alguien dirá que qué pinta este dios en un recorrido por los mitos y las leyendas de Cantabria. Pues ,sencillamente, es una divinidad que de una u otra manera se encuentra representada en la región de forma bastante elocuente, una de ellas es la toponimia o quizás teonimia. Son numerosos los montes y montañas que llevan este nombre u otro procedente, por evolución, de él, por ejemplo, Soano, Suano, Jano en Iguña con unos nada despreciables 1.288 m., el pico Jano en Liébana con una altura aún mayor, 1.446 m., Montehano en Santoña, Pico de la Jana en Valdeolea, Castro de la Jana en Unquera, Peña Jana en Potes, y algunos otros enclaves, que además de ser centro de estudio por su denominación y simbolismo, son parajes dignos de recorrer a pie por su belleza. Es sin duda el Pico Jano, que domina el Valle de Iguña, el que cuenta con una leyenda más emocionante, incluyendo la que sitúa en el pico a la propia diosa Venus que desde allí observa vigilante la región.
Todos y cada uno de estos nombres nos remiten a montañas o picos, lo cual nos muestra, que la sacralización de la orografía de Cantabria es muy profunda y ha sobrevivido a lo largo de los siglos. Por otro lado nos situamos ante un dios que parece ubicarse, casi en exclusiva, en las alturas, y así acontece no sólo en nuestra tierra, sino que en la misma Roma una de sus principales colinas, quizá la más sacralizada y origen de la ciudad, es el Janículo, “la colina de Jano”, consagrada al culto del dios. Realmente no es una coincidencia, más bien la constatación de que es un dios asociado con las montañas, lo que nos indica su gran importancia, porque aquellas divinidades con especial relevancia se situaban en las cimas. Si Jano es un dios que se desarrolló en Cantabria como en otros lugares o si es una importación procedente de Roma, es difícil de decir, posiblemente, sería oportuno adoptar una postura mixta, ya que también en los territorios de influencia céltica hallamos un paralelo derivado del dios original. Algunos estudiosos unen las divinidades Jano y Diana, planteando para ambas un mismo origen. Diana es interpretada como D-ianus, evidenciando así una variante femenina que se uniría a las diosas madres del mundo céltico, en especial Dana. Otra de las particularidades con la que nos encontramos al rememorar a este dios y su historia es la que le pone en contacto con el territorio de lo bélico.
Al evocar la guerra, este dios se nos acerca en cierta medida a Cantabria. Jano poseía un templo en el Janículo, erigido en su honor en virtud de una leyenda que le situaba como salvador de la ciudad, ya que en la guerra de los romanos con los sabinos cuando ya la ciudadela se veía perdida, el dios hizo brotar un manantial de agua caliente que puso en fuga a los aterrorizados atacantes. Tras levantar el templo, las puertas de éste permanecieron siempre abiertas mientras en los dominios romanos hubiera algún conflicto. Antes del imperio del divino Augusto, únicamente dos veces había sido cerrado el templo de Jano, signo de paz, sin embargo el propio emperador se vanagloriaba de que durante su prolífico gobierno hasta tres veces se clausuraron sus puertas, una de ellas tras la finalización de la conocidas guerras cántabras y la conquista de nuestra tierra, lo cual supuso un verdadero alivio para los orgullosos romanos que se habían visto ridiculizados por un pueblo, supuestamente bárbaro, de la lejana Iberia.
Pero no termina aquí nuestra relación con el dios, puesto que en la festiva Vijanera, desarrollada en Cantabria durante tanto tiempo y en tantos valles, es este dios, en cierta medida, el protagonista. Jano es quien da nombre a la fiesta, asociando su nombre con la dualidad de su aspecto. También los romanos tenían unas fiestas denominadas Januarias. Estas festividades las abordaremos mucho más detenidamente cuando tengan lugar.
Así es este dios, el elocuente y perspicaz Jano. Y como dice una frase de Varrón:
Penes Ianum sunt prima, penes Iovem summa.
(Jano preside todo lo que comienza, Júpiter todo lo que termina.)
Juan Carlos Cabria