domingo, 24 de abril de 2011
miércoles, 20 de abril de 2011
Caelia la cerveza de los celtiberos
La Caelia Celtibérica era, a decir de historiadores y arqueólogos, la bebida favorita de los Celtíberos. Se trataba de una especie de cerveza elaborada a base de trigo, que según Orosio:
“Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador.”
Hay dudas sobre si estaba realizada íntegramente de trigo, o una mezcla de cereales. No se trata de ninguna pócima mágica. Según los estudiosos, la caelia formaba parte de su cultura, y se tomaba en rituales quizá prebélicos. Los Cántabros desarrollaron su propia cerveza llamada zhytos, muy similar a la caelia.
La fabricación de la cerveza era pues algo habitual entre los indígenas usando un producto, el cereal, que permitía su elaboración durante todo el año. Se destinaba, generalmente, a un consumo familiar, por lo que no era necesario tener grandes espacios o estructuras dedicadas a su producción.
El consumo de cerveza en la península Ibérica tiene una larga tradición,
En el valle de Ambrona, en Soria, se hallaron restos de cerveza elaborada con trigo en vasijas y otros recipientes que correspondían a parte de los ajuares funerarios, con 4.400 años de antigüedad (hacia el 2.500 a.C).
Son pocos los elementos que permiten evidenciar en un poblado la presencia de esta bebida, salvo los recipientes relacionados con su fabricación como son los denominados “vasos cerveceros” o candiotas. Poseen en la parte baja un pico vertedor y posiblemente, se utilizarían como decantadores.Se desprende de ello que era una bebida común en los poblados y consumida en numerosas ocasiones.
La caelia celtibera, era posiblemente bebida en ocasiones singulares por los pobladores indoeuropeos de esta vieja península. Seguramente en rituales, festejos o festividades religiosas. Pero no fue únicamente una bebida destinada al disfrute culinario de los habitantes de Iberia.
Según los describe Orosio 5,7, 2-18, hablando de cuando los numantinos se reúnen valor para el ultimo combate (133 a C):
"Por último irrumpieron todos de súbito por dos puertas, después de haberse bebido una gran cantidad, no de vino, en el que esta región no abunda, sino de jugo de trigo artificiosamente elaborado, jugo que llaman "caelia" porque es necesario calentarlo. Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador. Encendidos por esta bebida, ingerida después de larga inanición, se lanzaron a la lucha..."
Dejando bastante claro que al igual que otras culturas indoeuropeas de centro Europa y el norte del continente, los celtas de la iberia indoeuropea usaban la caelia como vehículo ritual para encontrar un valor sobrenatural que les hiciera luchar hasta la muerte contra un enemigo muy superior. Algo similar a los hongos que utilizaban años mas tarde los famosos berserk vikingo, una costumbre tipica entre varios grupos de pueblos europeos de raigambre hiperborea.
“Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador.”
Hay dudas sobre si estaba realizada íntegramente de trigo, o una mezcla de cereales. No se trata de ninguna pócima mágica. Según los estudiosos, la caelia formaba parte de su cultura, y se tomaba en rituales quizá prebélicos. Los Cántabros desarrollaron su propia cerveza llamada zhytos, muy similar a la caelia.
La fabricación de la cerveza era pues algo habitual entre los indígenas usando un producto, el cereal, que permitía su elaboración durante todo el año. Se destinaba, generalmente, a un consumo familiar, por lo que no era necesario tener grandes espacios o estructuras dedicadas a su producción.
El consumo de cerveza en la península Ibérica tiene una larga tradición,
En el valle de Ambrona, en Soria, se hallaron restos de cerveza elaborada con trigo en vasijas y otros recipientes que correspondían a parte de los ajuares funerarios, con 4.400 años de antigüedad (hacia el 2.500 a.C).
Son pocos los elementos que permiten evidenciar en un poblado la presencia de esta bebida, salvo los recipientes relacionados con su fabricación como son los denominados “vasos cerveceros” o candiotas. Poseen en la parte baja un pico vertedor y posiblemente, se utilizarían como decantadores.Se desprende de ello que era una bebida común en los poblados y consumida en numerosas ocasiones.
La caelia celtibera, era posiblemente bebida en ocasiones singulares por los pobladores indoeuropeos de esta vieja península. Seguramente en rituales, festejos o festividades religiosas. Pero no fue únicamente una bebida destinada al disfrute culinario de los habitantes de Iberia.
Según los describe Orosio 5,7, 2-18, hablando de cuando los numantinos se reúnen valor para el ultimo combate (133 a C):
"Por último irrumpieron todos de súbito por dos puertas, después de haberse bebido una gran cantidad, no de vino, en el que esta región no abunda, sino de jugo de trigo artificiosamente elaborado, jugo que llaman "caelia" porque es necesario calentarlo. Se extrae este jugo por medio del fuego del grano de la espiga humedecida, se deja secar y, reducida a harina, se mezcla con un juego suave, con cuyo fermento se le da un sabor áspero y un calor embriagador. Encendidos por esta bebida, ingerida después de larga inanición, se lanzaron a la lucha..."
Dejando bastante claro que al igual que otras culturas indoeuropeas de centro Europa y el norte del continente, los celtas de la iberia indoeuropea usaban la caelia como vehículo ritual para encontrar un valor sobrenatural que les hiciera luchar hasta la muerte contra un enemigo muy superior. Algo similar a los hongos que utilizaban años mas tarde los famosos berserk vikingo, una costumbre tipica entre varios grupos de pueblos europeos de raigambre hiperborea.
martes, 19 de abril de 2011
Los pelendones I
Existen ciertas controversias sobre el carácter de la invasión celta del territorio de Iberia, también sobre las características de los pueblos que conformaron Celtiberia, sus expansiones territoriales, sus contactos y épocas diferenciadas en las que se produjeron.
Los estudios especializados parecen coincidir en que la presencia celta en la Península fue producto de una invasión de los pueblos de Centroeuropa, de forma prolongada en el tiempo a través de consecutivas oleadas. Sin embargo, existen pareceres encontrados en torno a sus momentos, intensidad y duración. Algunos autores defienden que la primera se produjo hacia el siglo XIII-XII A.C.
Sin determinar con exactitud el número (se han diferenciado más de cinco), ni los momentos precisos de estas, se describen dos grandes movimientos de integración territorial. El primero se habría producido hacia el siglo IX-VIII A.C., bajo la llamada Cultura Hallstática, o de "campos de urnas", y un segundo aporte en torno al VI-V A.C., con características culturales de La Tène, aunque hay autores que señalan que esta aportación cultural fue escasa debido a cierto aislamiento de los celtas peninsulares con relación a los del resto de Europa. De cualquier forma, los recién llegados respondían a un origen geográfico común, y a unas características culturales y lingüísticas similares, subdivididos en múltiples ramas y tribus. A este grupo étnico los conocemos como "keltoi", "gálatas", o "celtas".
Los PELENDONES (también nombrados como Cerindones en algunos textos) llegaron, de acuerdo con esto, hacia el siglo VIII-VII A.C., con el primer gran movimiento y se instalan en las zonas norteñas del Sistema Ibérico precedidos por los beribraces (o bebriaces en la Galia, quizás emparentados) que lo harían desde el Levante hasta el límite con la Meseta.
Procedentes al parecer de la zona belga (o Bajo Rhin), eran un pueblo eminentemente ganadero, en menor medida agrícola, con un gran conocimiento sobre la metalurgia, especialmente del bronce, pues la elaboración y el trabajo del hierro era incipiente en este momento y se desarrollaría plenamente hacia el s.IV A.C. Son notables armeros y duchos en el arte de la guerra que marcaba, como en el resto de los que luego serían denominados celtíberos, su idiosincrasia de autoprotección y defensa.
Se asentaron especialmente en lugares elevados desde donde dominaban con la vista pastos y valles. Regidos por un consejo de ancianos y una estructura de clanes familiares, estos asentamientos se sitúan a corta distancia entre sí dominando un territorio comunal. Acostumbran al rito de la incineración, depositando las cenizas del difunto en vasijas de arcilla (o urnas). Otros de sus ritos son el culto a las "cabezas cortadas" y la exposición de sus guerreros muertos a las aves. Aunque su estructura es patriarcal (consejo de ancianos, jerarquía guerrera), las mujeres desarrollan un papel fundamental, al menos, en igualdad con los hombres: reciben herencias, eligen a sus esposos, son alfareras, tejedoras, comparten las labores del ganado y, si es preciso, guerrean. En España se inscriben dentro de la llamada Cultura de los Castros sorianos, lugares parcialmente protegidos a los que se añadían defensas artificiales como murallas, y series de "piedras hincadas" que dificultaban las agresiones desde los accesos más débiles. A este tipo de construcción se la considera característica de este pueblo. Su muralla, que puede alcanzar los cuatro o cinco metros de altura, es única y está construida adaptándose al terreno con una cara interior y otra exterior de piedras más o menos regulares, rellenándose el espacio entre ellas de piedras más pequeñas y de tierra. En algunos casos se rematan con torreones y estructuras de madera. Dentro de su demarcación, pueden coincidir viviendas de tipo circular y rectangular, o casas adosadas a la muralla, o entre sí, formando espacios centrales o plazas. Están construidas a partir de un pequeño muro de unos cincuenta centímetros, sin cimentar, sobre el que se edifica una estructura de adobe y madera, para concluir en un tejado vegetal impermeable que filtra el humo de la hoguera. En estas viviendas se distinguen generalmente tres espacios, separados por tabiques de tablas o ramajes. En el centro se sitúa la estancia-cocina-dormitorio, espacio de la vida familiar, alrededor del hogar. Más allá, está la despensa donde se guardan los alimentos en grandes tinajas de barro sobre altillos. El espacio con más luz es la entrada, y en él se realizan las labores diarias, como el tejido en telares verticales o la molienda.
Su cerámica, hecha a mano, mantiene algunas reminiscencias excisas y campaniformes, lo que ha hecho pensar a algunos en la teoría del "ida y vuelta" de la cerámica peninsular en relación con la europea. Se realiza a partir de una base de arcilla a la que se le van añadiendo "cordadas" sucesivas, dándole forma y cociéndose después al aire libre entre las cenizas vegetales. Llevan distintos acabados en cuanto a su uso, como las vasijas de cocina en las que se incluyen arena y minerales para soportar los cambios bruscos de temperatura. Algún tiempo después conocerían el uso del torno. Los ejemplares son generalmente lisos y sin adornos, aunque también aparecen con incrustaciones del propio barro y, en los decorados, con estilizaciones de animales y símbolos solares, o característicos semicírculos concéntricos y espirales.
Como portadores de la cultura celta, poseían su propias deidades a las que adoraban desde lugares naturales destinados para ello, pues no se registran templos. Su mitología está inspirada en la naturaleza: el sol, la luna, el agua, árboles y animales. Estrabón nos habla de una "deidad innominada", a la que rinden culto las noches de luna llena, "danzando a las puertas de sus casas". Se identifica con la propia luna. Otras deidades están emparentadas con la cultura gala, o la irlandesa. La deidad LUG (sol, luz) sería la más importante de acuerdo a su concepción religiosa, una especie de Júpiter en los romanos (estos lo asimilaron a Mercurio). Sobre él no faltan referencias etimológicas y toponímicas en el noroeste peninsular, incluidas las ermitas de Santa Lucía. Son representativos: Cernunnos (bosque, caza, ciervo), Epona (difuntos, caballo), Ayron (profundidades, agua), Las Matres, en número de tres manteniendo la triplicidad céltica (fecundidad, tierra nutricia, agua), o animales de culto como el toro, el caballo, de mal fario como el cuervo, o sagrado como el buitre que subía al cielo el alma de los muertos en combate. Los pelendones se describen como adoradores, en especial, del dios Belenos (Belen de los galos), del que se desprendería su denominación "Belen" = belendones = pelendones. Es el culto al fuego, a las tormentas. A través de él se purifican hombres y animales. Aún pervive en el subconsciente colectivo en diferentes manifestaciones tradicionales. Boch Gimpera y Taracena coinciden en que los "Belendi", mencionados por Plinio y asentados en la región francesa de Aquitania, serían los antecedentes directos de la rama que cruzó los Pirineos Atlánticos.
Los estudios especializados parecen coincidir en que la presencia celta en la Península fue producto de una invasión de los pueblos de Centroeuropa, de forma prolongada en el tiempo a través de consecutivas oleadas. Sin embargo, existen pareceres encontrados en torno a sus momentos, intensidad y duración. Algunos autores defienden que la primera se produjo hacia el siglo XIII-XII A.C.
Sin determinar con exactitud el número (se han diferenciado más de cinco), ni los momentos precisos de estas, se describen dos grandes movimientos de integración territorial. El primero se habría producido hacia el siglo IX-VIII A.C., bajo la llamada Cultura Hallstática, o de "campos de urnas", y un segundo aporte en torno al VI-V A.C., con características culturales de La Tène, aunque hay autores que señalan que esta aportación cultural fue escasa debido a cierto aislamiento de los celtas peninsulares con relación a los del resto de Europa. De cualquier forma, los recién llegados respondían a un origen geográfico común, y a unas características culturales y lingüísticas similares, subdivididos en múltiples ramas y tribus. A este grupo étnico los conocemos como "keltoi", "gálatas", o "celtas".
Los PELENDONES (también nombrados como Cerindones en algunos textos) llegaron, de acuerdo con esto, hacia el siglo VIII-VII A.C., con el primer gran movimiento y se instalan en las zonas norteñas del Sistema Ibérico precedidos por los beribraces (o bebriaces en la Galia, quizás emparentados) que lo harían desde el Levante hasta el límite con la Meseta.
Procedentes al parecer de la zona belga (o Bajo Rhin), eran un pueblo eminentemente ganadero, en menor medida agrícola, con un gran conocimiento sobre la metalurgia, especialmente del bronce, pues la elaboración y el trabajo del hierro era incipiente en este momento y se desarrollaría plenamente hacia el s.IV A.C. Son notables armeros y duchos en el arte de la guerra que marcaba, como en el resto de los que luego serían denominados celtíberos, su idiosincrasia de autoprotección y defensa.
Se asentaron especialmente en lugares elevados desde donde dominaban con la vista pastos y valles. Regidos por un consejo de ancianos y una estructura de clanes familiares, estos asentamientos se sitúan a corta distancia entre sí dominando un territorio comunal. Acostumbran al rito de la incineración, depositando las cenizas del difunto en vasijas de arcilla (o urnas). Otros de sus ritos son el culto a las "cabezas cortadas" y la exposición de sus guerreros muertos a las aves. Aunque su estructura es patriarcal (consejo de ancianos, jerarquía guerrera), las mujeres desarrollan un papel fundamental, al menos, en igualdad con los hombres: reciben herencias, eligen a sus esposos, son alfareras, tejedoras, comparten las labores del ganado y, si es preciso, guerrean. En España se inscriben dentro de la llamada Cultura de los Castros sorianos, lugares parcialmente protegidos a los que se añadían defensas artificiales como murallas, y series de "piedras hincadas" que dificultaban las agresiones desde los accesos más débiles. A este tipo de construcción se la considera característica de este pueblo. Su muralla, que puede alcanzar los cuatro o cinco metros de altura, es única y está construida adaptándose al terreno con una cara interior y otra exterior de piedras más o menos regulares, rellenándose el espacio entre ellas de piedras más pequeñas y de tierra. En algunos casos se rematan con torreones y estructuras de madera. Dentro de su demarcación, pueden coincidir viviendas de tipo circular y rectangular, o casas adosadas a la muralla, o entre sí, formando espacios centrales o plazas. Están construidas a partir de un pequeño muro de unos cincuenta centímetros, sin cimentar, sobre el que se edifica una estructura de adobe y madera, para concluir en un tejado vegetal impermeable que filtra el humo de la hoguera. En estas viviendas se distinguen generalmente tres espacios, separados por tabiques de tablas o ramajes. En el centro se sitúa la estancia-cocina-dormitorio, espacio de la vida familiar, alrededor del hogar. Más allá, está la despensa donde se guardan los alimentos en grandes tinajas de barro sobre altillos. El espacio con más luz es la entrada, y en él se realizan las labores diarias, como el tejido en telares verticales o la molienda.
Su cerámica, hecha a mano, mantiene algunas reminiscencias excisas y campaniformes, lo que ha hecho pensar a algunos en la teoría del "ida y vuelta" de la cerámica peninsular en relación con la europea. Se realiza a partir de una base de arcilla a la que se le van añadiendo "cordadas" sucesivas, dándole forma y cociéndose después al aire libre entre las cenizas vegetales. Llevan distintos acabados en cuanto a su uso, como las vasijas de cocina en las que se incluyen arena y minerales para soportar los cambios bruscos de temperatura. Algún tiempo después conocerían el uso del torno. Los ejemplares son generalmente lisos y sin adornos, aunque también aparecen con incrustaciones del propio barro y, en los decorados, con estilizaciones de animales y símbolos solares, o característicos semicírculos concéntricos y espirales.
Como portadores de la cultura celta, poseían su propias deidades a las que adoraban desde lugares naturales destinados para ello, pues no se registran templos. Su mitología está inspirada en la naturaleza: el sol, la luna, el agua, árboles y animales. Estrabón nos habla de una "deidad innominada", a la que rinden culto las noches de luna llena, "danzando a las puertas de sus casas". Se identifica con la propia luna. Otras deidades están emparentadas con la cultura gala, o la irlandesa. La deidad LUG (sol, luz) sería la más importante de acuerdo a su concepción religiosa, una especie de Júpiter en los romanos (estos lo asimilaron a Mercurio). Sobre él no faltan referencias etimológicas y toponímicas en el noroeste peninsular, incluidas las ermitas de Santa Lucía. Son representativos: Cernunnos (bosque, caza, ciervo), Epona (difuntos, caballo), Ayron (profundidades, agua), Las Matres, en número de tres manteniendo la triplicidad céltica (fecundidad, tierra nutricia, agua), o animales de culto como el toro, el caballo, de mal fario como el cuervo, o sagrado como el buitre que subía al cielo el alma de los muertos en combate. Los pelendones se describen como adoradores, en especial, del dios Belenos (Belen de los galos), del que se desprendería su denominación "Belen" = belendones = pelendones. Es el culto al fuego, a las tormentas. A través de él se purifican hombres y animales. Aún pervive en el subconsciente colectivo en diferentes manifestaciones tradicionales. Boch Gimpera y Taracena coinciden en que los "Belendi", mencionados por Plinio y asentados en la región francesa de Aquitania, serían los antecedentes directos de la rama que cruzó los Pirineos Atlánticos.
jueves, 14 de abril de 2011
Los celtas en la peninsula Iberica
Los Celtas de la Península Ibérica es para mí uno de los temas más interesantes de la protohistoria peninsular, ya que es una etapa clave para entender procesos posteriores que se dan en Hispania, como además, forma parte de un movimiento cultural que afecta a gran parte de Europa.
Este tema atrajo ya a los estudiosos internacionales como Joqueville, que se dedicó al terreno de la lingüística, y Schulten, que estudió lo histórico. En 1920 fue Bosh Gimpera quien relacionó los estudios anteriores con los Campos de Urnas de Cataluña e inició las teorías “invasionistas” tradicionales, teorías que integraban la cultura material, la lingüística y las fuentes históricas. Estas teorías se han mantenido hasta la actualidad, a pesar de la dificultades que entrañan, sobretodo por la reciente investigación arqueológica.
Por este motivo algunos arqueólogos, como Almagro y otros, al no poder documentar dichas invasiones, prefieren hablar de una única “invasión”, mucho más compleja e indiferenciada, frente a la tradición lingüista que lidera Tovar de varias invasiones, en concreto dos, pero a las cuales no pueden atribuirles una fecha o incluso, unas vías de llegada. Recientes estudios desde nuevas perspectivas, tratan de explicar el origen, la evolución y personalidad de los Celtas, valorando sus aspectos comunes y peculiares.
¿Qué es Celta?:
Primera pregunta ¿desde cuándo se puede hablar de Celtas en la Península? Según las fuentes documentales más antiguas, la “Ora Marítima” de Avieno, y Heródoto, ya se encontraban en el s. VI a.C., como algunos antropónimos en las Estelas del Suroeste parecen confirmar. Para la Península Ibérica surge otro problema: el significado y diferenciación entre Celtas y Celtíberos. Bien, Celtas, Keltoi en griego y Celtici en latín, cuyo uso más antiguo seguramente fue el de distinguir a los pueblos célticos de los que no lo eran, mientras que Celtíbero, Celtiberi tanto para romanos como helenos, parece diferenciar a los celtas hispanos, siendo un término restrictivo, y refiriéndose sólo a los que poblaban las tierras altas entre el Sistema Ibérico y la Meseta, los cuales se enfrentaron a Roma más crudamente. La clave se esconde en la identificación y diferenciación arqueológica de los pueblos célticos para así, poder encontrar su origen, su evolución y su personalidad propia.
Origenes
La Península Ibérica sufrió un doble proceso de influencia durante el I milenio a.C., por un lado un influjo mediterráneo, mientras que por otro, un proceso de Celtización afectó a las zonas central y occidental principalmente. La cultura de los “Campos de Urnas”, que se había identificado con los Celtas hasta ahora, se ha delimitado en el noroeste, por lo tanto, las tesis “invasionistas” se encuentran con la dificultad de que esta zona no coincide con el área geográfica y lingüística de los Celtas, además de que fueron sociedades que hablarían el ibérico, como parece indicar la epigrafía y las referencias históricas.
Según la investigación actual, a partir de la Edad del Bronce, el interior de la Península vive en la llamada Cultura de Cogotas I, de economía mixta agrícola-ganadera de ovicápridos y trashumancia local, que desde el II milenio a.C. ha estado absorbiendo influencias del Bronce Atlántico. Hacia el s. IX a. C. aparecen materiales del mundo tartésico, como fíbulas de codo, espadas, cerámicas de decoraciones geométricas y otras influencias, más leves, de “Campos de Urnas” como consecuencia de zonas fronterizas. Este sustrato puede relacionarse con elementos lingüísticos indoeuropeos, los llamados pre o protoceltas, que se conservan en el algunos topónimos, etnónimos y antropónimos como la P inicial que conserva el Lusitano, lengua diferente de la celtibérica, lengua posterior, o elementos ideológicos, como el rito de exponer los cadáveres de los guerreros a los buitres entre celtíberos y vacceos, tradición anterior al rito de incineración de “Campos de Urnas”, como se puede ver en algunas cerámicas numantinas y como indicaron Sílico Itálico y Eliano. Este sustrato también se puede observar el mantenimiento de cultos fisiolátricos relacionados con peñas, como los santuarios de Ulaca, Cabeço das Fraguas, Lamas de Moledo..., con las aguas como evidencian las ofrendas de armas del Bronce Final, con bosques sacros que se observa en los topónimos que mantienen Nemeto-, o divinidades muy arcaicas sin forma humana que se inician con Bandu-, Navia- o Reve- que son un componente no indoeuropeo.
Este sustrato protocéltico se mantuvo en el occidente y norte, pero también aparece entre pueblos del interior, como Carpetanos, Vacceos y Vettones, Lusitanos y Galaicos en el occidente, y probablemente como Satures, cántabros, Berones, Turmogos y Pelendoses. Sustrato que sería fragmentado y absorbido por la expansión de la cultura celtibérica a partir del s. VI a.C. hipótesis que permite explicar el parecido cultural, lingüístico e ideológico entre todas las poblaciones célticas peninsulares, y que también sirve para diferenciar a los celtas de los celtíberos.
Las explicaciones son dos. Una, la “invasionista” tradicional, que supone la llegada de grupos humanos que traen consigo la cultura la formada, la cual ha sido imposible documentar por no saber cual es su lugar de origen, y sobretodo, las vías de llegada. La otra, que sin excluir movimientos de gentes, sobretodo de élites guerreras, supone una formación compleja por aculturación y evolución que le da al origen de los Celtas diversos componentes.
Influencias y “Celtización”:
Los poblados fortificados, y los posteriores Oppida explican la jerarquización del territorio que surge en relación a la trashumancia estacional del ganado, para evitar la sequía estival de la Meseta (fenómeno conocido como agostamiento), como la dureza invernal de las sierras. Este tipo de economía produciría una sociedad jerarquizada, a cuya cabeza estaría la clase guerrera, como parecen indicar, además, las fuentes históricas.
El rito de incineración en urna, puede explicarse a través de influjos de “Campos de Urnas”, como ocurre en los Celtíberos o Vettones. La construcción de túmulos como Pajaroncillo, o las estelas alineadas pueden deberse a diferencias étnicas, cronológicas y sociales. Las fíbulas, los adornos, las espadas de antenas, documentan el uso del hierro desde sus primeras fases de introducción desde el mundo colonial (fenicios y griegos), evidenciando influencias multidireccionales, tanto mediterráneas como traspirenaicas, lo que no permite pensar en una única vía de llegada ni un origen común. Deben considerarse como objetos de prestigio de las élites guerreras, cuyo gran desarrollo se vería favorecido por intercambios con el mundo colonial mediterráneo, como por la organización pastoril y guerrera del interior. Así se comprende que la cantidad de estos objetos en los ajuares sea minoritaria y que existan variantes locales, dada su difusión por intercambio y la imitación artesanal local.
Esta organización jerarquizada y guerrera, unida a la introducción del hierro, producto abundante y desarrollado rápidamente, explica la formación de las característica de la Cultura Celtibérica y su tendencia a la expansión que se tradujo en un proceso de “Celtización”de otras poblaciones, y chocó con los romanos. El proceso de “Celtización” explica la aparición de elementos arqueológicos, lingüísticos, socioeconómicos comunes y atribuibles a los Celtíberos: como armas celtibéricas en las necrópolis, fíbulas de caballito, topónimos en –briga, antropónimos y topónimos en Seg-; antropónimos “celtius” o en "ambatus", organizaciones suprafamiliares que se reflejan en los genitivos en plural, pactos de hospitalidad, incluso un elemento religiosos común, como Lug.
Esto indica la existencia de una zona nuclear en la tierras altas del Sistema Ibérico y de la Meseta Oriental, la Celtiberia, desde donde la parece haberse extendido la celtización a tierras más Occidentales, muy permeable por tratarse de una zona de medioambiente pastoril y el substrato sociocultural. Este proceso es posterior a la formación de las necrópolis celtibéricas a partir del s. VII a. C., por ejemplo, la cultura vettona de Las Cogotas se “celtiza” a partir del s. V a. C., apareciendo más tarde en Extremadura, sur de Portugal y de la Bética, así como del Alto Valle del Ebro y Noroeste.
Se trata de un proceso intermitente y sólo se interrumpiría con la llegada de Roma. Esta expansión la documenta Plinio (3, 13) al decir que los celtici de la Bética procedían de los Celtíberos de Lusitania. Del mismo modo el antropónimo Celtius en Lusitania se explicaría como apelativo étnico en áreas no célticas originariamente del Occidente. Esta “celtización” tardía se confirma por los topónimos formados con –briga ya en época romana: Iuliobriga, Augustóbriga...
Para poder comprender a los Celtas de la Península Ibérica hay que tener en cuenta que fueron permeables a los influencias de sus vecinos, sobretodo en la cultura material. El contacto con los íberos supuso la asimilación de elementos mediterráneos, que se refleja en el concepto de Celtíbero y su diferenciación material con otras culturas célticas, aunque mantuviera lengua y organización socio-ideológica de las élites guerreras. Estas élites “celtizadas” fueron generalizándose en el Occidente, apareciendo pueblos como los Vettones, Lusitanos, Astures y Galaicos, e incluso puso haber llegado a los íberos, ya que los relieves de Osuna y Liria llevan armas de tipo céltico. El mercenariado provocaría movimientos de gentes, lo que bien pudo determinar el control de alguna ciudad por élites célticas, y esta presencia pueda explicar la presencia de fíbulas de La Tené en Sierra Morena.
Este proceso no sería puntual, sino largo e intermitente en el tiempo con un efecto de "celtización" paulatina, es decir, diferenciado por áreas y momentos, lo que nos da un cuadro complejo que permite comprender la falta de uniformidad de la celtización de la Península Ibérica.
Almagro-Gorbea, M. (1991): Los Celtas en la Península Ibérica. En García Castro, J. A. Los Celtas en la Península Ibérica. Revista de Arqueología, número monográfico. Páginas: 12-17.
Almagro-Gorbea, M. (1993): Los Celtas en la Península Ibérica: origen y personalidad cultural. En Almagro-Gorbea, M. y Ruiz Zapatero, G (Eds.): Los Celtas: Hispania y Europa. Editorial Actas. Madrid. Páginas: 121-173.

Este tema atrajo ya a los estudiosos internacionales como Joqueville, que se dedicó al terreno de la lingüística, y Schulten, que estudió lo histórico. En 1920 fue Bosh Gimpera quien relacionó los estudios anteriores con los Campos de Urnas de Cataluña e inició las teorías “invasionistas” tradicionales, teorías que integraban la cultura material, la lingüística y las fuentes históricas. Estas teorías se han mantenido hasta la actualidad, a pesar de la dificultades que entrañan, sobretodo por la reciente investigación arqueológica.
Por este motivo algunos arqueólogos, como Almagro y otros, al no poder documentar dichas invasiones, prefieren hablar de una única “invasión”, mucho más compleja e indiferenciada, frente a la tradición lingüista que lidera Tovar de varias invasiones, en concreto dos, pero a las cuales no pueden atribuirles una fecha o incluso, unas vías de llegada. Recientes estudios desde nuevas perspectivas, tratan de explicar el origen, la evolución y personalidad de los Celtas, valorando sus aspectos comunes y peculiares.
¿Qué es Celta?:
Primera pregunta ¿desde cuándo se puede hablar de Celtas en la Península? Según las fuentes documentales más antiguas, la “Ora Marítima” de Avieno, y Heródoto, ya se encontraban en el s. VI a.C., como algunos antropónimos en las Estelas del Suroeste parecen confirmar. Para la Península Ibérica surge otro problema: el significado y diferenciación entre Celtas y Celtíberos. Bien, Celtas, Keltoi en griego y Celtici en latín, cuyo uso más antiguo seguramente fue el de distinguir a los pueblos célticos de los que no lo eran, mientras que Celtíbero, Celtiberi tanto para romanos como helenos, parece diferenciar a los celtas hispanos, siendo un término restrictivo, y refiriéndose sólo a los que poblaban las tierras altas entre el Sistema Ibérico y la Meseta, los cuales se enfrentaron a Roma más crudamente. La clave se esconde en la identificación y diferenciación arqueológica de los pueblos célticos para así, poder encontrar su origen, su evolución y su personalidad propia.
Origenes
La Península Ibérica sufrió un doble proceso de influencia durante el I milenio a.C., por un lado un influjo mediterráneo, mientras que por otro, un proceso de Celtización afectó a las zonas central y occidental principalmente. La cultura de los “Campos de Urnas”, que se había identificado con los Celtas hasta ahora, se ha delimitado en el noroeste, por lo tanto, las tesis “invasionistas” se encuentran con la dificultad de que esta zona no coincide con el área geográfica y lingüística de los Celtas, además de que fueron sociedades que hablarían el ibérico, como parece indicar la epigrafía y las referencias históricas.
Según la investigación actual, a partir de la Edad del Bronce, el interior de la Península vive en la llamada Cultura de Cogotas I, de economía mixta agrícola-ganadera de ovicápridos y trashumancia local, que desde el II milenio a.C. ha estado absorbiendo influencias del Bronce Atlántico. Hacia el s. IX a. C. aparecen materiales del mundo tartésico, como fíbulas de codo, espadas, cerámicas de decoraciones geométricas y otras influencias, más leves, de “Campos de Urnas” como consecuencia de zonas fronterizas. Este sustrato puede relacionarse con elementos lingüísticos indoeuropeos, los llamados pre o protoceltas, que se conservan en el algunos topónimos, etnónimos y antropónimos como la P inicial que conserva el Lusitano, lengua diferente de la celtibérica, lengua posterior, o elementos ideológicos, como el rito de exponer los cadáveres de los guerreros a los buitres entre celtíberos y vacceos, tradición anterior al rito de incineración de “Campos de Urnas”, como se puede ver en algunas cerámicas numantinas y como indicaron Sílico Itálico y Eliano. Este sustrato también se puede observar el mantenimiento de cultos fisiolátricos relacionados con peñas, como los santuarios de Ulaca, Cabeço das Fraguas, Lamas de Moledo..., con las aguas como evidencian las ofrendas de armas del Bronce Final, con bosques sacros que se observa en los topónimos que mantienen Nemeto-, o divinidades muy arcaicas sin forma humana que se inician con Bandu-, Navia- o Reve- que son un componente no indoeuropeo.
Este sustrato protocéltico se mantuvo en el occidente y norte, pero también aparece entre pueblos del interior, como Carpetanos, Vacceos y Vettones, Lusitanos y Galaicos en el occidente, y probablemente como Satures, cántabros, Berones, Turmogos y Pelendoses. Sustrato que sería fragmentado y absorbido por la expansión de la cultura celtibérica a partir del s. VI a.C. hipótesis que permite explicar el parecido cultural, lingüístico e ideológico entre todas las poblaciones célticas peninsulares, y que también sirve para diferenciar a los celtas de los celtíberos.
Las explicaciones son dos. Una, la “invasionista” tradicional, que supone la llegada de grupos humanos que traen consigo la cultura la formada, la cual ha sido imposible documentar por no saber cual es su lugar de origen, y sobretodo, las vías de llegada. La otra, que sin excluir movimientos de gentes, sobretodo de élites guerreras, supone una formación compleja por aculturación y evolución que le da al origen de los Celtas diversos componentes.
Influencias y “Celtización”:
Los poblados fortificados, y los posteriores Oppida explican la jerarquización del territorio que surge en relación a la trashumancia estacional del ganado, para evitar la sequía estival de la Meseta (fenómeno conocido como agostamiento), como la dureza invernal de las sierras. Este tipo de economía produciría una sociedad jerarquizada, a cuya cabeza estaría la clase guerrera, como parecen indicar, además, las fuentes históricas.
El rito de incineración en urna, puede explicarse a través de influjos de “Campos de Urnas”, como ocurre en los Celtíberos o Vettones. La construcción de túmulos como Pajaroncillo, o las estelas alineadas pueden deberse a diferencias étnicas, cronológicas y sociales. Las fíbulas, los adornos, las espadas de antenas, documentan el uso del hierro desde sus primeras fases de introducción desde el mundo colonial (fenicios y griegos), evidenciando influencias multidireccionales, tanto mediterráneas como traspirenaicas, lo que no permite pensar en una única vía de llegada ni un origen común. Deben considerarse como objetos de prestigio de las élites guerreras, cuyo gran desarrollo se vería favorecido por intercambios con el mundo colonial mediterráneo, como por la organización pastoril y guerrera del interior. Así se comprende que la cantidad de estos objetos en los ajuares sea minoritaria y que existan variantes locales, dada su difusión por intercambio y la imitación artesanal local.
Esta organización jerarquizada y guerrera, unida a la introducción del hierro, producto abundante y desarrollado rápidamente, explica la formación de las característica de la Cultura Celtibérica y su tendencia a la expansión que se tradujo en un proceso de “Celtización”de otras poblaciones, y chocó con los romanos. El proceso de “Celtización” explica la aparición de elementos arqueológicos, lingüísticos, socioeconómicos comunes y atribuibles a los Celtíberos: como armas celtibéricas en las necrópolis, fíbulas de caballito, topónimos en –briga, antropónimos y topónimos en Seg-; antropónimos “celtius” o en "ambatus", organizaciones suprafamiliares que se reflejan en los genitivos en plural, pactos de hospitalidad, incluso un elemento religiosos común, como Lug.
Esto indica la existencia de una zona nuclear en la tierras altas del Sistema Ibérico y de la Meseta Oriental, la Celtiberia, desde donde la parece haberse extendido la celtización a tierras más Occidentales, muy permeable por tratarse de una zona de medioambiente pastoril y el substrato sociocultural. Este proceso es posterior a la formación de las necrópolis celtibéricas a partir del s. VII a. C., por ejemplo, la cultura vettona de Las Cogotas se “celtiza” a partir del s. V a. C., apareciendo más tarde en Extremadura, sur de Portugal y de la Bética, así como del Alto Valle del Ebro y Noroeste.
Se trata de un proceso intermitente y sólo se interrumpiría con la llegada de Roma. Esta expansión la documenta Plinio (3, 13) al decir que los celtici de la Bética procedían de los Celtíberos de Lusitania. Del mismo modo el antropónimo Celtius en Lusitania se explicaría como apelativo étnico en áreas no célticas originariamente del Occidente. Esta “celtización” tardía se confirma por los topónimos formados con –briga ya en época romana: Iuliobriga, Augustóbriga...
Para poder comprender a los Celtas de la Península Ibérica hay que tener en cuenta que fueron permeables a los influencias de sus vecinos, sobretodo en la cultura material. El contacto con los íberos supuso la asimilación de elementos mediterráneos, que se refleja en el concepto de Celtíbero y su diferenciación material con otras culturas célticas, aunque mantuviera lengua y organización socio-ideológica de las élites guerreras. Estas élites “celtizadas” fueron generalizándose en el Occidente, apareciendo pueblos como los Vettones, Lusitanos, Astures y Galaicos, e incluso puso haber llegado a los íberos, ya que los relieves de Osuna y Liria llevan armas de tipo céltico. El mercenariado provocaría movimientos de gentes, lo que bien pudo determinar el control de alguna ciudad por élites célticas, y esta presencia pueda explicar la presencia de fíbulas de La Tené en Sierra Morena.
Este proceso no sería puntual, sino largo e intermitente en el tiempo con un efecto de "celtización" paulatina, es decir, diferenciado por áreas y momentos, lo que nos da un cuadro complejo que permite comprender la falta de uniformidad de la celtización de la Península Ibérica.
Almagro-Gorbea, M. (1991): Los Celtas en la Península Ibérica. En García Castro, J. A. Los Celtas en la Península Ibérica. Revista de Arqueología, número monográfico. Páginas: 12-17.
Almagro-Gorbea, M. (1993): Los Celtas en la Península Ibérica: origen y personalidad cultural. En Almagro-Gorbea, M. y Ruiz Zapatero, G (Eds.): Los Celtas: Hispania y Europa. Editorial Actas. Madrid. Páginas: 121-173.

lunes, 11 de abril de 2011
¿Por qué ya casi no hay ni poetas ni guerreros?
La poesía y la guerra nacieron juntas. Cuando el hombre tantea la muerte, siente indefectiblemente la necesidad de vincularse a algo más elevado que él mismo, superándola. Los pueblos indoeuropeos nos han dejado extensos testimonios de ese intento. El Bhagavad Gita, la Ilíada, las Sagas, el Ciclo del Grial, los Cantares de Gesta. Todo forma parte de un intento de superación de la muerte mediante símbolos estéticos, que son también símbolos sagrados.
En el instante extremo del combate es muy poco lo que puede considerarse esencial. Los antepasados y los dioses se convierten entonces en parte del guerrero. Viven ya en un mismo mundo, definitivamente, aunque el guerrero se mantenga todavía con vida. Por eso van juntas la poesía y la guerra, porque los valores del último instante son de algún modo absolutos, y porque la muerte material debe ser superada por un alma inmortal que se lo ha ganado en la batalla.
No hay nada más poético que la muerte de un guerrero. Esa muerte implica un cambio en el universo mismo, en la sucesión de la sangre, en la comunidad que lo ha engendrado y seguramente también en los mundos invisibles donde viven los guerreros que lo han precedido.
No hay guerra sin poesía. La muerte convierte al caído, ipso facto, en un superhombre. No importa que un poeta no cante esa muerte en particular. Podría decirse que no hay muertes particulares cuando se ha ingresado como ciudadano en esa república aristocrática de la muerte con honor.
Existe, sin duda, una gloria común a todos los leales. Y dos veces benditos son los que además de pelear sinceramente, lo hacen por una causa justa. Los sinceramente equivocados tendrán también su paraíso, pero los sinceros de justas causas se elevarán sin duda a la categoría de semidioses.
En la entrega de la sangre está seguramente la estética absoluta de un espíritu poético, porque la sensibilidad del poeta y del guerrero son similares. Sólo es diferente su forma de atravesar la realidad, en un viaje hacia una realidad superior y pura, luminosa y fatal. Sobrehumana, en el sentido nietzscheano.
A medida que la edad oscura avanza, resulta más extraño encontrar una expresión o una acción heroica. Ya casi no hay poetas ni guerreros. Se han convertido en parte de una realidad extemporánea. Los hombres de esta época se mueren de forma intrascendente.
La degradación torna difícil la poesía, que desaparece como va desapareciendo la guerra en el sentido antiguo. Muy pocos hombres comprenden hoy el sentido primordial y sagrado de la poesía y de la guerra.
Algún día, pasados milenios de milenios, ese sentido sacro de las cosas volverá, para expresarse nuevamente en su real dimensión. Mientras tanto, siempre hay un pequeño espacio y un breve instante donde la estética y el pensamiento atraviesan la oscuridad. Es un punto a veces mínimo, pero a través de él podemos atravesar la eternidad, como nuestras abuelas enhebraban el hilo de coser en una aguja.
Juan Pablo Vitali
En el instante extremo del combate es muy poco lo que puede considerarse esencial. Los antepasados y los dioses se convierten entonces en parte del guerrero. Viven ya en un mismo mundo, definitivamente, aunque el guerrero se mantenga todavía con vida. Por eso van juntas la poesía y la guerra, porque los valores del último instante son de algún modo absolutos, y porque la muerte material debe ser superada por un alma inmortal que se lo ha ganado en la batalla.
No hay nada más poético que la muerte de un guerrero. Esa muerte implica un cambio en el universo mismo, en la sucesión de la sangre, en la comunidad que lo ha engendrado y seguramente también en los mundos invisibles donde viven los guerreros que lo han precedido.
No hay guerra sin poesía. La muerte convierte al caído, ipso facto, en un superhombre. No importa que un poeta no cante esa muerte en particular. Podría decirse que no hay muertes particulares cuando se ha ingresado como ciudadano en esa república aristocrática de la muerte con honor.
Existe, sin duda, una gloria común a todos los leales. Y dos veces benditos son los que además de pelear sinceramente, lo hacen por una causa justa. Los sinceramente equivocados tendrán también su paraíso, pero los sinceros de justas causas se elevarán sin duda a la categoría de semidioses.
En la entrega de la sangre está seguramente la estética absoluta de un espíritu poético, porque la sensibilidad del poeta y del guerrero son similares. Sólo es diferente su forma de atravesar la realidad, en un viaje hacia una realidad superior y pura, luminosa y fatal. Sobrehumana, en el sentido nietzscheano.
A medida que la edad oscura avanza, resulta más extraño encontrar una expresión o una acción heroica. Ya casi no hay poetas ni guerreros. Se han convertido en parte de una realidad extemporánea. Los hombres de esta época se mueren de forma intrascendente.
La degradación torna difícil la poesía, que desaparece como va desapareciendo la guerra en el sentido antiguo. Muy pocos hombres comprenden hoy el sentido primordial y sagrado de la poesía y de la guerra.
Algún día, pasados milenios de milenios, ese sentido sacro de las cosas volverá, para expresarse nuevamente en su real dimensión. Mientras tanto, siempre hay un pequeño espacio y un breve instante donde la estética y el pensamiento atraviesan la oscuridad. Es un punto a veces mínimo, pero a través de él podemos atravesar la eternidad, como nuestras abuelas enhebraban el hilo de coser en una aguja.
Juan Pablo Vitali
domingo, 10 de abril de 2011
Capitulo 2 de Ermisenda
Nos hacemos eco de la propuesta de uno de nuestros lectores, quien nos propuso la posibilidad de que incluyéramos un link a la serie de Ermisenda de Carcasona de TV3. Bien, continuación dejamos un trailer de la serie, y un link donde los interesados podrán acceder a todo tipo de información, así como a los capítulos ya emitidos en televisión. Lamentablemente, para los no catalanes, la serie es emitida en la lengua del viejo condado. Aun así con un poco de atención es fácil comprender los diálogos. Quizás con un poco de suerte, la serie sea traducida al castellano, para que los demás españoles podamos verla y conocer mas acerca de nuestra historia.
http://www.tv3.cat/ermessenda/videos
http://www.tv3.cat/ermessenda/videos
sábado, 9 de abril de 2011
martes, 29 de marzo de 2011
Los berones
Los berones fueron un pueblo prerromano de la península Ibérica. Fueron descritos por Ptolomeo, el cual citó algunas de sus ciudades como Libia , junto a Tritium y Vareia. Tito Livio los menciona como antagonistas de Sertorio hacia el año 76 a. C. Estrabón alude a su identidad explícitamente celtíbera, destacando especialmente su carácter céltico (III 4,5 Y 12).
Su identidad céltica es palpable en su toponimia y lengua utilizada en sus acuñaciones, téseras y nombres indígenas atestiguados en las inscripciones de Herramélluri, caso de Segius, Virono y Matienus, Anna o Madigena. Aún se conserva alguno de sus lugares de culto a deidades célticas, como la de Epona en la cueva de Marquínez (Alava).
Aparece como pueblo asentado a partir del siglo II a. C. en la zona de la actual Rioja. Las citas clásicas se refieren a su presencia en el siglo I a. C. ya como comunidad estable (Estrabón) y enfrentados a Sertorio (Tito Livio) que los venció. Como grupo pudieron estar desarrollando una cultura trashumante desde el siglo IV a. C. hasta su ubicación definitiva.
Sus límites geográficos de expansión coinciden con la sierra de Cantabria al norte (y mayor o menor penetración en esa zona según fuentes), junto a los vascones por el este cerca de la actual Calahorra, por el oeste con el río Tirón (autrigones) y la sierra de la Demanda y demás de la zona, y por el sur con el norte de la actual provincia de Soria (pelendones).
Los principales asentamientos fueron Vareia (capital de facto situada en los alrededores de Logroño), Libia (actual Herramélluri o Leiva), Tritium (actual Tricio) y Bilibium (posteriormente sería Bilibio) junto a las Conchas de Haro donde se separan las provincias de Burgos, Álava y La Rioja.
Su identidad céltica es palpable en su toponimia y lengua utilizada en sus acuñaciones, téseras y nombres indígenas atestiguados en las inscripciones de Herramélluri, caso de Segius, Virono y Matienus, Anna o Madigena. Aún se conserva alguno de sus lugares de culto a deidades célticas, como la de Epona en la cueva de Marquínez (Alava).
Aparece como pueblo asentado a partir del siglo II a. C. en la zona de la actual Rioja. Las citas clásicas se refieren a su presencia en el siglo I a. C. ya como comunidad estable (Estrabón) y enfrentados a Sertorio (Tito Livio) que los venció. Como grupo pudieron estar desarrollando una cultura trashumante desde el siglo IV a. C. hasta su ubicación definitiva.
Sus límites geográficos de expansión coinciden con la sierra de Cantabria al norte (y mayor o menor penetración en esa zona según fuentes), junto a los vascones por el este cerca de la actual Calahorra, por el oeste con el río Tirón (autrigones) y la sierra de la Demanda y demás de la zona, y por el sur con el norte de la actual provincia de Soria (pelendones).
Los principales asentamientos fueron Vareia (capital de facto situada en los alrededores de Logroño), Libia (actual Herramélluri o Leiva), Tritium (actual Tricio) y Bilibium (posteriormente sería Bilibio) junto a las Conchas de Haro donde se separan las provincias de Burgos, Álava y La Rioja.
La Hispania de los alanos
Alrededor del año 370, los alanos fueron barridos por los hunos y se dividieron en varios grupos, algunos de los cuales huyeron al oeste. Una parte de esos alanos occidentales se unieron a las tribus germánicas de los vándalos y suevos en su invasión de la Galia romana. Gregorio de Tours destaca en su Liber historiae Francorum (Libro sobre la historia de los francos), que el rey alano Respendial salvó la batalla para los vándalos en un choque con los francos cerca del Rin el 31 de diciembre de 406. Según este historiador, otro grupo de alanos, conducidos por Goar cruzaron este río por esas fechas, pero al punto se unieron a los romanos y se asentaron en la Galia.
Si seguimos el derrotero de vándalos y suevos en la Península Ibérica (la entonces Hispania) en 409, los alanos se asentaron en las provincias de Lusitania y Cartaginense: «Alani Lusitaniam et Carthaginiensem provincias, et Wandali cognomine Silingi Baeticam sortiuntur» (Hidacio). Los vándalos silingos se asentaron en la Bética, los suevos en la Galicia costera y los vándalos asdingos en el resto de Galicia.
En 412, el rey alano Atax o Attaces conquistó la ciudad de Emérita Augusta (Mérida) y estableció en ella su corte durante seis años, hasta que en 418 murió en una batalla contra los visigodos y esta rama de los alanos, por consiguiente, apeló al rey vándalo asdingo Gunderico para que aceptara la corona alana. Aunque algunos de estos alanos permanecieron en Iberia, la mayoría se dirigió al norte de África con los vándalos en 429. Los posteriores reyes vándalos de esta zona se hacían llamar Rex Wandalorum et Alanorum (Rey de los vándalos y de los alanos).
En la Galia, los alanos en un principio conducidos por Goar se asentaron en diversas áreas, sobre todo cerca de Orleans y Valence. Bajo este rey se aliaron con los burgundios de Gundahario (Gunther), con quienes entronizaron al emperador usurpador Jovino. Con el sucesor de Goar, Sangiban, los alanos de Orleans desempeñaron un papel crucial al repeler la invasión de Atila en la Batalla de Chalons. Tras el siglo V, sin embargo, los alanos de la Galia se sumieron en las luchas territoriales de los francos y los visigodos y dejaron de tener la independencia de antes. Flavio Aecio congregó a numerosos alanos en la región de Armórica para reprimir los levantamientos. El nombre bretón de Alan (antes que el francés Alain) y muchas poblaciones con nombres relacionados a «alano», como Alanville, son considerados popularmente como evidencias de que un contingente de este pueblo se asentó en la Bretaña.
En la Península Ibérica se centraron en las provincias romanas de Lusitania y Cartaginense. Llegaron a ser conocidos más tarde por sus cacerías masivas y sus perros de pelea, que aparentemente introdujeron en Europa. Normalmente los utilizaban en las cacerías de osos y para guardar el ganado. Pero no solo eso. Una parte del grupo de alanos germánicos junto con visigodos se establecen en la parte noreste de la península y según Encyclopædia Iranica dan su nombre a Cataluña, cuyos pobladores se llaman los Got-Alanien.
Actualmente la ciencia genética ha descubierto una distribución geográfica de los marcadores genéticos que han convencido a algunos investigadores de que existe una conexión entre la antiquísima y profunda herencia sármato-alana y el grupo G de línea paterna del ADN, especialmente el G2 (enlace en inglés).
Si seguimos el derrotero de vándalos y suevos en la Península Ibérica (la entonces Hispania) en 409, los alanos se asentaron en las provincias de Lusitania y Cartaginense: «Alani Lusitaniam et Carthaginiensem provincias, et Wandali cognomine Silingi Baeticam sortiuntur» (Hidacio). Los vándalos silingos se asentaron en la Bética, los suevos en la Galicia costera y los vándalos asdingos en el resto de Galicia.
En 412, el rey alano Atax o Attaces conquistó la ciudad de Emérita Augusta (Mérida) y estableció en ella su corte durante seis años, hasta que en 418 murió en una batalla contra los visigodos y esta rama de los alanos, por consiguiente, apeló al rey vándalo asdingo Gunderico para que aceptara la corona alana. Aunque algunos de estos alanos permanecieron en Iberia, la mayoría se dirigió al norte de África con los vándalos en 429. Los posteriores reyes vándalos de esta zona se hacían llamar Rex Wandalorum et Alanorum (Rey de los vándalos y de los alanos).
En la Galia, los alanos en un principio conducidos por Goar se asentaron en diversas áreas, sobre todo cerca de Orleans y Valence. Bajo este rey se aliaron con los burgundios de Gundahario (Gunther), con quienes entronizaron al emperador usurpador Jovino. Con el sucesor de Goar, Sangiban, los alanos de Orleans desempeñaron un papel crucial al repeler la invasión de Atila en la Batalla de Chalons. Tras el siglo V, sin embargo, los alanos de la Galia se sumieron en las luchas territoriales de los francos y los visigodos y dejaron de tener la independencia de antes. Flavio Aecio congregó a numerosos alanos en la región de Armórica para reprimir los levantamientos. El nombre bretón de Alan (antes que el francés Alain) y muchas poblaciones con nombres relacionados a «alano», como Alanville, son considerados popularmente como evidencias de que un contingente de este pueblo se asentó en la Bretaña.
En la Península Ibérica se centraron en las provincias romanas de Lusitania y Cartaginense. Llegaron a ser conocidos más tarde por sus cacerías masivas y sus perros de pelea, que aparentemente introdujeron en Europa. Normalmente los utilizaban en las cacerías de osos y para guardar el ganado. Pero no solo eso. Una parte del grupo de alanos germánicos junto con visigodos se establecen en la parte noreste de la península y según Encyclopædia Iranica dan su nombre a Cataluña, cuyos pobladores se llaman los Got-Alanien.
Actualmente la ciencia genética ha descubierto una distribución geográfica de los marcadores genéticos que han convencido a algunos investigadores de que existe una conexión entre la antiquísima y profunda herencia sármato-alana y el grupo G de línea paterna del ADN, especialmente el G2 (enlace en inglés).
lunes, 28 de marzo de 2011
La Celticidad de Los Cántabros
La Celticidad de los cántabros hoy día parece algo bastante evidente, fuera de toda duda, y que echa al traste la creencia popular habida siempre de que los únicos celtas son los gallegos, cuando en realidad la influencia celta resulta más que demostrada en otros pueblos como Asturias y Cantabria, donde se muestra fuertemente vinculada a sus costumbres, nombres y supersticiones. Los libros de Adolf Schulten “Los Cántabros y Astures y Su Guerra Con Roma” y de Adriano García-Lomas “Mitología y Supersticiones De Cantabria” recientemente reeditados por Estudio en Biblioteca Cantabria son una prueba de ello. En 1945 el Dr. D. Jesús Carballo publicó en un periódico local la estrecha relación de Cantabria con los otros pueblos celtas de la península, lo que dijo entonces aparece a continuación.
«Ciertos arqueólogos como Bosch Gimpera o Frankowski cayeron en el error de afirmar un supuesto origen ibero de los Cántabros por haber visto estelas celtas con inscripciones ibéricas. Nada prueban esos caracteres ibéricos respecto del origen de los Cántabros. Cuenta Julio César en su obra Comentarios a la guerra de las Galias, que los druidas, o sea, los sacerdotes celtas, tenían sus doctrinas religiosas escritas en caracteres griegos de manera que el pueblo no pudiera leerlas ni comprenderlas ¿Por qué hacían eso? Sencillamente porque no existía la escritura celta y tenían que valerse forzosamente de la escritura de otros pueblos. Aquí en Cantabria ha debido suceder lo mismo: los celtas-cántabros desconocedores de la escritura (lo mismo que los vascones) tenían que acudir forzosamente a los iberos y a los romanos para grabar sus leyendas. Así se explica que las estelas de Clunia, siendo celtas, tengan caracteres ibéricos y sólo emplearan caracteres latinos, cosa que no sucedería si los Cántabros fuesen iberos, pues continuarían con su escritura. Otra causa que indujo a este error histórico es el suponer que la palabra “Cantabril” es ibera y se refiere al río Ebro (Iberis); en efecto, en Cantabria nace este río y en sus márgenes moraban ellos. Pero me encuentro con otra palabra que es “Artabri”, nombre de unas tribus celtas que ocuparon el territorio que hoy es La Coruña y después pasaron a vivir a Inglaterra (ver obra de Henri Hubert con su mapa de expansión celta). Lo que no puedo admitir es que una sea celta y la otra ibera. Schulten dice que es celta. Ahora bien, estas dificultades se resolverían fácilmente suponiendo lo que yo propuse anteriormente, es decir, que los Cántabros son celtas y de un parentesco próximo y de la misma invasión que los celtas de Galicia. Dicho queda, que tanto Schulten como Hubert aportan tal número de datos que no tengo ya la menor duda del celtismo cántabro, confirmado además por los actuales investigadores españoles que más se dedican a ello. Ya en otro artículo demostré que entre las regiones de Cantabria y Galicia existen sorprendentes identidades en nombres locales, de culto religioso, de fortificaciones, etcétera; no obstante, la distancia a que se encuentran una de otra induce a creer que entre ellas debe de existir un parentesco hasta el presente ignorado por los historiadores. Brigantia, antigua capital de Cantabria, y Brigantes, una tribu celta de la primitiva Coruña; varios castros Cántabros con el nombre Amaia, y Compostela tiene próximo el valle de La Maia; en Liébana está Tudes, y Tudes es el primitivo nombre de Tuy; aquí el valle de Camargo o Tamargo, y el castro celta de los tamáricos se convirtió en la actual Compostela; Cayón en La Coruña, y el valle de Cayón en Cantabria; en Clunia (de Cantabria), un templo dedicado a tres divinidades galaicas. Es de advertir que Coruña en gallego es Cruña y sabido es que el pueblo gallego siempre tiende a cambiar la erre en ele; así que Cruña y Clunia es lo mismo. Tanto es así que próximo a la antigua Clunia está la actual Coruña del Conde. Próximo a la antigua Brigantia (hoy Retortillo) está Bolmir, nombre gallego, y un poco más allá de Reinosa encuentro la Miña y en Fuente Miña (Lugo) nace el río Miño; más al norte de Reinosa veo “La Coba”, palabra gallega que significa “La Cueva”, y aproximándose al río Saja encuentro el Cueto de los Tojos, tojo es una palabra clásica gallega que significa árgoma; Puerto de Sejos es igual que “sexo”, en gallego, que significa “canto rodado”, que allí abundan. Ya dije que la única estatuilla de bronce hallada en las excavaciones de Juliobriga es celta, según la clasificó Taracena, director del Museo Arqueológico de Madrid. En Toranzo el pueblo de Aés, y Ahés es el nombre de una legendaria princesa celta. Pero incluso la palabra Comillas, tan castiza, dice Rodríguez Marín con toda su autoridad filológica que es de origen celta (folleto publicado por el Ayuntamiento de Comillas). Sólo falta que en la estela gigante de Zurita aparezca (como creen ver algunos) un guerrero llevando en la cabeza una piel de lobo, porque así representaban los celtas la divinidad suya llamada Sucellum, dios de la fuerza. Dicha estela presenta también un caballo con su jinete, y no encuentro en ninguna obra de consulta ninguno tan parecido como la figura ecuestre de la diadema de oro, descubierta en Ribadeo (Lugo), que es celta. No puede atribuirse a la simple casualidad o a la coincidencia este cúmulo de datos. Para mayor seguridad he intentado hacer el mismo estudio con Galicia y Vizcaya pero no encuentro enlace posible. Ahora pregunto: han transcurrido más de veinte siglos y todavía encontramos semejante identidad ¿Cuál no sería entonces? Citaré algún latino, algún hispano, griego e incluso visigodo, y veremos cómo todos confunden a Galicia con Cantabria y viceversa, cosa que no sucede con ninguna otra región, ni siquiera con las contiguas a ambas. Posidonio (griego anterior a Cristo) dice que el río Miño nace en los Cántabros. Floro (español del siglo II) dice que los galaicos se suicidaban con veneno extraído de las hojas del tejo y Silio Itálico dice lo mismo de los Cántabros. Estragón (griego) dice que los Cántabros usaban para beber vasos de madera, aún ahora se usa en Galicia la “cunc” como los celtas; el pelo lo dejaban largo como las mujeres y en caso de guerra lo ataban atrás con cinta. Vestían túnica de lino, añadiendo que de esto había abundancia en Galicia, usaban una capa de lana negra de oveja como los galaicos de las islas Casitérides (del estaño)* en Inglaterra. Justino (latino) siglo III, escribe que entre los Cántabros los hombres se dedicaban a la guerra o a no trabajar, estando echados como era costumbre de los galaicos, quienes opinaban que el hombre sólo dos cosas debe hacer: guerrear o descansar. Añade que otro tanto hacen los germanos. Continúa diciendo que los trabajos del campo eran propios de la mujer como en Galicia. Parphirius, e scribe “Cantabria quae est gens Gallaeciae” (los Cántabros que son tribus Galaicas). Orosio (español del siglo V) en su Historia de la guerra dice “Cantabri et Astures Gallaeciae provinciae partio sunt” (los Cántabros y Astures forman parte de la Galicia). Para no cansar al lector, escritores griegos, latinos, sirios (como Posidonio), hispanos y hasta visigodos como San Isidro (siglo VI) confunden a Cantabria con Galicia, cuando parece lógico que confundieran Galicia con Lusitania y a Cantabria con Vasconia. Por otra parte, parece una obsesión de los escritores el cotejar siempre a los Cántabros con los Galaicos y a éstos seguidos de los Cántabros. Y si mencionan a los Astures, que son de la misma raza, siempre aparecen seguidos Cántabros y Galaicos, y después los Astures, cuando parece lógico que los intercalaran. Y esto no es sólo durante un momento histórico, pasajero, sino que lo vemos a lo largo de siete siglos; desde el siglo II antes de la era cristiana hasta el VI con San Isidoro, el cual escribe “Sicut in Gallecia partes sunt Cantabria et Asturia”. Para explicar esta identidad, esta unificación de dos pueblos tan distanciados, no basta que sean de la misma raza, hay algo más, que en mi opinión es que se trata de dos pueblos hermanos, tribus como los israelitas, descendientes de dos o más tribus, de dos o más hermanos, hijos de un mismo padre. Así se comprende por qué los feroces (según los romanos) Cántabros, que constantemente depredaban y atacaban a sus vecinos, los vascones y vacceos, acuden en auxilio de los galaicos a través de la ingente cordillera hasta Tuy, en la desembocadura del Miño, cuando guerreaban contra los romanos. Se debe proceder con la historia de Cantabria como ha procedido con la antropología el sabio montañés Hoyos Sainz, quien ha puesto al día y revisado los trabajos que él mismo ha realizado con Antón, hace muchos años. Los historiadores que escribieron hace tiempo resultan ya anticuados porque no conocieron los numerosos e importantes descubrimientos realizados por activos investigadores.». Jesús Carballo (1945). Prólogo de Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez
«Ciertos arqueólogos como Bosch Gimpera o Frankowski cayeron en el error de afirmar un supuesto origen ibero de los Cántabros por haber visto estelas celtas con inscripciones ibéricas. Nada prueban esos caracteres ibéricos respecto del origen de los Cántabros. Cuenta Julio César en su obra Comentarios a la guerra de las Galias, que los druidas, o sea, los sacerdotes celtas, tenían sus doctrinas religiosas escritas en caracteres griegos de manera que el pueblo no pudiera leerlas ni comprenderlas ¿Por qué hacían eso? Sencillamente porque no existía la escritura celta y tenían que valerse forzosamente de la escritura de otros pueblos. Aquí en Cantabria ha debido suceder lo mismo: los celtas-cántabros desconocedores de la escritura (lo mismo que los vascones) tenían que acudir forzosamente a los iberos y a los romanos para grabar sus leyendas. Así se explica que las estelas de Clunia, siendo celtas, tengan caracteres ibéricos y sólo emplearan caracteres latinos, cosa que no sucedería si los Cántabros fuesen iberos, pues continuarían con su escritura. Otra causa que indujo a este error histórico es el suponer que la palabra “Cantabril” es ibera y se refiere al río Ebro (Iberis); en efecto, en Cantabria nace este río y en sus márgenes moraban ellos. Pero me encuentro con otra palabra que es “Artabri”, nombre de unas tribus celtas que ocuparon el territorio que hoy es La Coruña y después pasaron a vivir a Inglaterra (ver obra de Henri Hubert con su mapa de expansión celta). Lo que no puedo admitir es que una sea celta y la otra ibera. Schulten dice que es celta. Ahora bien, estas dificultades se resolverían fácilmente suponiendo lo que yo propuse anteriormente, es decir, que los Cántabros son celtas y de un parentesco próximo y de la misma invasión que los celtas de Galicia. Dicho queda, que tanto Schulten como Hubert aportan tal número de datos que no tengo ya la menor duda del celtismo cántabro, confirmado además por los actuales investigadores españoles que más se dedican a ello. Ya en otro artículo demostré que entre las regiones de Cantabria y Galicia existen sorprendentes identidades en nombres locales, de culto religioso, de fortificaciones, etcétera; no obstante, la distancia a que se encuentran una de otra induce a creer que entre ellas debe de existir un parentesco hasta el presente ignorado por los historiadores. Brigantia, antigua capital de Cantabria, y Brigantes, una tribu celta de la primitiva Coruña; varios castros Cántabros con el nombre Amaia, y Compostela tiene próximo el valle de La Maia; en Liébana está Tudes, y Tudes es el primitivo nombre de Tuy; aquí el valle de Camargo o Tamargo, y el castro celta de los tamáricos se convirtió en la actual Compostela; Cayón en La Coruña, y el valle de Cayón en Cantabria; en Clunia (de Cantabria), un templo dedicado a tres divinidades galaicas. Es de advertir que Coruña en gallego es Cruña y sabido es que el pueblo gallego siempre tiende a cambiar la erre en ele; así que Cruña y Clunia es lo mismo. Tanto es así que próximo a la antigua Clunia está la actual Coruña del Conde. Próximo a la antigua Brigantia (hoy Retortillo) está Bolmir, nombre gallego, y un poco más allá de Reinosa encuentro la Miña y en Fuente Miña (Lugo) nace el río Miño; más al norte de Reinosa veo “La Coba”, palabra gallega que significa “La Cueva”, y aproximándose al río Saja encuentro el Cueto de los Tojos, tojo es una palabra clásica gallega que significa árgoma; Puerto de Sejos es igual que “sexo”, en gallego, que significa “canto rodado”, que allí abundan. Ya dije que la única estatuilla de bronce hallada en las excavaciones de Juliobriga es celta, según la clasificó Taracena, director del Museo Arqueológico de Madrid. En Toranzo el pueblo de Aés, y Ahés es el nombre de una legendaria princesa celta. Pero incluso la palabra Comillas, tan castiza, dice Rodríguez Marín con toda su autoridad filológica que es de origen celta (folleto publicado por el Ayuntamiento de Comillas). Sólo falta que en la estela gigante de Zurita aparezca (como creen ver algunos) un guerrero llevando en la cabeza una piel de lobo, porque así representaban los celtas la divinidad suya llamada Sucellum, dios de la fuerza. Dicha estela presenta también un caballo con su jinete, y no encuentro en ninguna obra de consulta ninguno tan parecido como la figura ecuestre de la diadema de oro, descubierta en Ribadeo (Lugo), que es celta. No puede atribuirse a la simple casualidad o a la coincidencia este cúmulo de datos. Para mayor seguridad he intentado hacer el mismo estudio con Galicia y Vizcaya pero no encuentro enlace posible. Ahora pregunto: han transcurrido más de veinte siglos y todavía encontramos semejante identidad ¿Cuál no sería entonces? Citaré algún latino, algún hispano, griego e incluso visigodo, y veremos cómo todos confunden a Galicia con Cantabria y viceversa, cosa que no sucede con ninguna otra región, ni siquiera con las contiguas a ambas. Posidonio (griego anterior a Cristo) dice que el río Miño nace en los Cántabros. Floro (español del siglo II) dice que los galaicos se suicidaban con veneno extraído de las hojas del tejo y Silio Itálico dice lo mismo de los Cántabros. Estragón (griego) dice que los Cántabros usaban para beber vasos de madera, aún ahora se usa en Galicia la “cunc” como los celtas; el pelo lo dejaban largo como las mujeres y en caso de guerra lo ataban atrás con cinta. Vestían túnica de lino, añadiendo que de esto había abundancia en Galicia, usaban una capa de lana negra de oveja como los galaicos de las islas Casitérides (del estaño)* en Inglaterra. Justino (latino) siglo III, escribe que entre los Cántabros los hombres se dedicaban a la guerra o a no trabajar, estando echados como era costumbre de los galaicos, quienes opinaban que el hombre sólo dos cosas debe hacer: guerrear o descansar. Añade que otro tanto hacen los germanos. Continúa diciendo que los trabajos del campo eran propios de la mujer como en Galicia. Parphirius, e scribe “Cantabria quae est gens Gallaeciae” (los Cántabros que son tribus Galaicas). Orosio (español del siglo V) en su Historia de la guerra dice “Cantabri et Astures Gallaeciae provinciae partio sunt” (los Cántabros y Astures forman parte de la Galicia). Para no cansar al lector, escritores griegos, latinos, sirios (como Posidonio), hispanos y hasta visigodos como San Isidro (siglo VI) confunden a Cantabria con Galicia, cuando parece lógico que confundieran Galicia con Lusitania y a Cantabria con Vasconia. Por otra parte, parece una obsesión de los escritores el cotejar siempre a los Cántabros con los Galaicos y a éstos seguidos de los Cántabros. Y si mencionan a los Astures, que son de la misma raza, siempre aparecen seguidos Cántabros y Galaicos, y después los Astures, cuando parece lógico que los intercalaran. Y esto no es sólo durante un momento histórico, pasajero, sino que lo vemos a lo largo de siete siglos; desde el siglo II antes de la era cristiana hasta el VI con San Isidoro, el cual escribe “Sicut in Gallecia partes sunt Cantabria et Asturia”. Para explicar esta identidad, esta unificación de dos pueblos tan distanciados, no basta que sean de la misma raza, hay algo más, que en mi opinión es que se trata de dos pueblos hermanos, tribus como los israelitas, descendientes de dos o más tribus, de dos o más hermanos, hijos de un mismo padre. Así se comprende por qué los feroces (según los romanos) Cántabros, que constantemente depredaban y atacaban a sus vecinos, los vascones y vacceos, acuden en auxilio de los galaicos a través de la ingente cordillera hasta Tuy, en la desembocadura del Miño, cuando guerreaban contra los romanos. Se debe proceder con la historia de Cantabria como ha procedido con la antropología el sabio montañés Hoyos Sainz, quien ha puesto al día y revisado los trabajos que él mismo ha realizado con Antón, hace muchos años. Los historiadores que escribieron hace tiempo resultan ya anticuados porque no conocieron los numerosos e importantes descubrimientos realizados por activos investigadores.». Jesús Carballo (1945). Prólogo de Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez
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